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lunes, 23 de febrero de 2009

Nº 7, RELATO GANADOR




LA MUJER SILENCIOSA

Hasta un pasado aún no lejano, ella había sido una niña habladora y vivaz. A los doce años, creía que la vida era una sucesión de colores cambiantes que indicaban un tiempo para cada cosa. Disfrutaba del sueño y del colegio, quería mucho a sus padres, tenía amigas y jugaba con la imaginación. A menudo se detenía en medio de un camino y escuchaba el rumor oscuro y protector de los vecinos árboles que el viento, suave pero persistente, movía hasta caer la tarde. En campo abierto, seguía obediente el trazo desigual del horizonte y, achicando los ojos, a veces, vislumbraba el paso rápido del tren que, al alejarse, le mostraba una línea desnuda, apenas perceptible, que en los días azules ella creía que era el mar.
Una tarde, en la casa, desde un rincón sombrío del patio, vio la hoja del hacha que blandía su padre, mientras, entre insultos, perseguía a su madre. La mujer, que corría hacia el huerto vecino, se cubría la cabeza con las manos y emitía entrecortados gritos de animal doliente. La niña había quedado clavada en su rincón. Miraba lo que nunca habría querido ver. Muy pronto, un tenso nudo empezaría a formarse en el centro de su vientre joven. Un nudo móvil y punzante, como de crías de serpiente, minúsculas y retorcidas, peleando furiosas entre ellas y expulsando un veneno que, veloz, le corría por la sangre, hasta dejarla incapaz de gritar, de gemir o llorar. Huérfana de su voz y sus palabras.
Sus padres habían entrado en un corral de los que daban al patio. No estaban al alcance de su vista, pero a la niña le llegaba aún el eco de sus gritos. De repente, sintió el golpe seco y breve: su padre había tirado el hacha y ésta había quedado abandonada en el suelo del patio, el mango medio oculto entre macetas de geranios y sus sombras, con la hoja visible, el metal impoluto: sin sangre. La niña respiró al tiempo que sus padres volvían a la casa sin dejar oír sus voces. Permaneció petrificada y muda con la mirada fija en el hacha abandonada. Sintió que ambas tenían algo en común, un papel ignorado en una historia tal vez ya acabada. Pensó mirando hacia la casa: los dos me habrán creído en el colegio y hoy me he retrasado. Ojalá nunca hubiera tenido que ver lo que he visto. No sucede lo que no se sabe ni se ve ni se oye. La niña no podría jamás olvidar qué había sucedido ante sus ojos, asustados, aquella tarde que quedaría colgada para siempre en su memoria con la luz seca y amarilla de un mal crónico. Aquella tarde que sería distinta de todas las demás del resto de su vida, que en su mente se guardaría aparte y tendría un sonido distinto y letal con el que debería vivir hasta su muerte.
Por la noche cenaron, como siempre, los tres pero, esta vez, con expresiones muy cambiadas. Se conocían y, sin embargo, parecían extraños. El caldo espeso y tibio no había calmado el doloroso nudo de crías de serpiente que seguía instalado dentro de la niña como un monstruo engendrado por un desconocido y feroz miedo. Pudo dormir y pudo vivir años siempre pendiente de aquellos habitantes que, malvados, la habían dejado sin apenas voz. Agradecía, sin saber a quién, el hilo inteligible de su pensamiento, su conciencia intocada. Utilizaba unas cuantas frases hechas, las necesarias para subsistir. En la casa jamás se habló de aquella tarde. Sus padres no sabían que el hacha desaparecida se oxidaba en el fondo de un pozo, en otra casa, lejos, arrojada en soledad y con alevosía infantil cualquier día sin fecha.
Nadie le dio importancia al súbito silencio de la niña. La adolescencia nos cambiaba y ella era muy seria, estudiosa y obediente. Habría salido parca en palabras como lo habían sido sus abuelos y lo eran sus padres, gente del campo que trabaja y calla. Ella, con el paso del tiempo, aprendió a defenderse de su dolor oculto. Se había resignado a él. Siempre permaneció en ella como un ser vivo interno, amenazante, a quien ella acallaba con la fuerza de sus pensamientos. Un día, ya muertos sus padres, vendió las tierras y la casa y se marchó del pueblo. Nadie supo nunca dónde fue a parar, tal vez a otro pueblo, a una ciudad grande, al extranjero.
Sobrevivió bastantes años, industriosa y callada. Voces vulgares la llamaban la muda y para quienes supieron respetarla e incluso quererla, fue por siempre jamás la mujer silenciosa.


Autora: Gloria Abras


Enhorabuena, Gloria, te esperan ya en Kabanova Comedor


Relación de autores por orden de llegada al blog;


Nº1 Enric Bayé

Nº2 Josefina Lopez

Nº3 Teresa 59

Nº4 Maras Quemada

Nº5 Kundry

Nº6 Barbebleue

Nº7 Gloria Abras, GANADORA

Nº8 Joaquim

Nº9 Papagena

Nº10 Tag

Nº11 Liverani


Mil gracias a todos, un verdadero placer contar con vosotros. Quizá podríamos reunirnos todos en Kabanova un día , Kundry, Maras y yo estaremos encantados de recibiros. Os lo habéis ganado TODOS.


Mil besos mil gracias.


Pilar



Fotografía: M.S. nº7, pfp

martes, 17 de febrero de 2009

VOTACIONES para el 2º Concurso de relatos de "pequeño formato"



Primero, deseo que disfrutéis de los once relatos recibidos en "pequeño formato", son preciosas historias, de mujeres silenciosas, distintas todas unas de otras.


Tenemos fama las mujeres de parlanchinas, y creo que incluso las que lo somos, en el fondo, tenemos un gran poso de silencios, y eso es lo que se ha reflejado en los relatos que me habéis, han enviado;

La Nº1; es una mujer emigrante, sencilla, trabajadora, sin tiempo para respirar apenas, para mal comer deprisa en un tren...

La Nº 2; es una historia trágica, con una mujer diferente, distinta, difícil... un reto, un símbolo

La Nº3; es la primera de las dos viudas que he recibido, en un ambiente y una sociedad donde la mujer todavía es un objeto.

El Nº4; es un relato minimalista, que sale del alma.

La Nº5; es la mujer enferma, el ocaso de la vida; el recuerdo cariñoso de los que la quisieron.

El Nº 6; es el amor, arrasando en silencios.

La Nº7; el recuerdo de la niña, el recuerdo traumático que se arrastra toda una vida.

La Nº8; es la gran triunfadora, la gran perdedora.

La Nª9; una bonita historia de amor y de intriga en un Museo.

La Nº 10; otra viuda, esta tiene una duda terrible que le hará decidirse a hablar.


La Nº 11; son los ojos de una mujer atravesando la Historia el Tiempo y la Humanidad.


Va a ser difícil, elegir, lo se, yo por suerte no tengo que votar... os lo dejo a vosotros a vuestros gustos y a vuestro criterio. Gracias a todos otra vez a los que habéis mandado esos maravillosos relatos y a los que visitáis el blog .


Para leerlos todos uno tras otro, clikar en etiqueta 2º Concurso de relatos y salen todos correlativamente desde el Nº 11 hasta el Nº1.

Los votos serán como la otra vez, una misma persona puede votar a tres relatos distintos uno con 3 puntos, otro con 2 p. , y otro con 1 p . Solo hace falta dejar el nombre y si queréis una explicación del porque, sería estupendo.

¡pasarlo bien¡ y que gane el que pueda ¡está difícil¡ hasta el día 22 por la noche que haré el recuento.



Fotografía: obra de Gary Hume
Recordaros el premio al ganador, cena en el restaurante Kabanova en Logroño (La Rioja, estado español). http://recetasdekabanova.blogspot.com

lunes, 16 de febrero de 2009

relato Nº11, 2º Concurso de relatos "pequeño formato"




Durante aquel invierno, Claudia Nekers repitió cada mañana el mismo recorrido. A las nueve y media salía de su casa en Lepic 7, tomaba el metro en Blanche hasta Pigalle y hacía trasbordo en Concorde hasta las Tullerías. Armaba una pipa mientras el batobus de las nueve cincuenta y ocho, envuelto en la bruma, llevaba su cargamento de trabajadores y turistas hasta el Campo de Marte. Caminado junto al Sena, comenzaba su particular redención en dirección al Louvre. En la sala 77, ala Denon, descansaba el motivo de tanta persistencia, el objeto secreto de su ansiedad, la perfecta compresión de su alma. Rodeada de grandes lienzos ocupados por grandes gestas, Claudia tomaba asiento en un gran banco. Sola y en silencio, palpaba con sus ojos cada centímetro de aquella instantánea tratando de encajar en su circunstancia la bestial muestra de sufrimiento y esperanza que desprendían de sus rostros los naufragos más famosos de la historia de Francia. Sin embargo poco importaba la localidad. Aquellas personas no tenían nacionalidad ni hablaban ningún idioma concreto. Para ella todos eran ejemplos universales del lenguaje humano. Habían sobrevivido quince de los ciento cincuenta desgraciados que fueron abandonados a su suerte una tarde de julio de 1816 frente a las costas de Senegal por los agraciados ocupantes de los botes salvavidas de la fragata Medusa. El gobernador y su familia nunca asistirían al monólogo de la crueldad que se desató entre los que trataron de sobrevivir a bordo de una improvisada balsa, los mismos que, en una desesperada carrera por la supervivencia, no dudaron en asesinar a los más débiles para comerse sus cadáveres. Canibalismo, asesinato, miseria, dolor, enfermedad… La síntesis perfecta de las constantes temporales, el resumen pictórico de todo lo que ha acompañado al nacimiento y crecimiento de una especie, la fabulosa muestra de que la civilización queda en suspenso cuando se evaporan las circunstancias que la posibilitan. Pero para Claudia lo verdaderamente inquietante de la pieza no era lo tétrico sino la ansiedad que le provocaba la posibilidad de que existiese un perfecto equilibrio entre dolor y esperanza. El padre que abraza a su hijo muerto no es consciente de que, al otro lado de la balsa, tres hombres hartos de felicidad llaman la atención de un barco que los podría rescatar mientras un africano con la mirada perdida posiblemente haya abandonado toda esperanza en espera de una muerte rápida y solidaria. La agonía marca la velocidad mandando al viento impulsar la vela en dirección contraria a la salvación. La batalla entre la vida y la muerte, entre el existir y la destrucción era lo que el mundo de Claudia experimentaba cada día visitando el trozo de tela propiedad de los emisarios de la desesperación y la esperanza, de los primeros románticos preocupados por la solvencia de la naturaleza e incómodos en un mundo excesivamente racionalizado en el que todo aquello que excede la cuadrícula es incinerado en nombre de la evolución y del ascenso de la escalera ilustrada. Aquellos humanos fueron ignorados y abandonados por el éxito pero incluso ante tal agravio y horror, persistían restos esperanza en sus rostros, fragmentos a los que Claudia se aferraba cada mañana para que la confianza en sí misma no se ahogase y pudiese seguir pensando que no todo está perdido.
Fotografía: serie M:S. Nº11 PFP

domingo, 15 de febrero de 2009

relato Nº 10, 2º Concurso relatos "pequeño formato"



Eran un matrimonio bien avenido. Llevaban juntos casi cincuenta años, más los que fueron novios y la muerte les había visitado sin avisar hacía un mes.
Se lo llevó a él primero, para que ella pudiera rezarle, pagarle una misa cada semana y cuando terminaba ir al cementerio a llevarle flores frescas.
Era su forma de seguir en contacto con él que había sido todo para ella , y aún muerto seguía siendo su primer pensamiento al despertarse.
El había sido un hombre dicharachero, simpático, respetuoso con todo el mundo,sin maldad, de los que se hacen querer en el barrio, en el trabajo, en cualquier parte.
Solo el cura de la Iglesia a la que su mujer era asidua, le reprochaba su falta de asistencia todos los domingos.Pero su mujer se lo perdonaba, porque esta era su única falta y ella oía historias que contaban de otros maridos que ... !Jesús! !Dios bendito!

Ella por el contrario, era un mujer silenciosa, nunca hablaba en publico, siempre andaba junto a su marido como una sombra que le acompañaba en silencio. Nadie entendía que fueran tan diferentes. No tuvieron hijos, ni tenían hermanos ni más familia. Estaban los dos solitos en el mundo, y ahora que él se había ido, ella se había quedado tan sola que ir al cementerio a llevarle flores, era su único consuelo.

Pero aquel día, cuando llegó, ya tenía un ramo de flores encima de su tumba. Rosas rojas, con un lazo blanco. Se quedó extrañada. ¿Quien le podía llevar flores a su marido? No era posible, seguro que había sido una equivocación.

A los pocos días, otra vez, de nuevo un ramo de rosas rojas, recién cortadas adornaban el mármol que ella había elegido. Su sorpresa iba en aumento, y no podía imaginar quien ponía allí aquellas flores.
No hablaba, pero su cabeza no dejaba de pensar ¿quien podía ser?
No tenia ni idea.

Así que ideó un plan. Muy cerca habían unos árboles viejos, con unos troncos gordos y delante un seto de hortensias. Aquel seria su escondite y desde allí vigilaría y descubriría quien era.

Y así, empezó a ir todos los días, desde que abrían el cementerio hasta que lo cerraban. Se llevaba una silla, y mientras esperaba impaciente hacia calceta. Cada vez estaba más intrigada y más ansiosa por descubrir aquel enigma.

Y al cuarto día, su vigilancia dio resultado.
Era una mujer, guapa, bien vestida, más joven que ella. Llegó, le dejó sus flores, permaneció unos minutos, parecía que le hablaba o rezaba, y después se fue.

La mujer silenciosa se quedó petrificada. ¿Quien era aquella mujer? ¿De que conocía a su marido? ¿Por que le llevaba flores? Tantas dudas, tantas preguntas se atropellaban en su cabeza. Quería saber, necesitaba respuestas pero al mismo tiempo le daba miedo saber la verdad. ¿Y si su marido....? No, eso era imposible. Su marido no era de esos.

Aquella noche, rezó con fe, como nunca lo había hecho, y le pidió a su Dios Bendito que la llevara con su marido, necesitaba hablar con él, preguntarle quien era esa mujer.
Su silencio había terminado....



Fotografía: Serie M.S. nº 10 PFP

sábado, 14 de febrero de 2009

relato Nº 9, 2º Concurso de relatos "pequeño formato"







-Venga, abuela, ¡cuéntanos la historia de la mujer silenciosa!
Y ella se hacía la interesante, iba a la cocina a dejar alguna cosa y volvía, nos observaba con ese brillo misterioso en la mirada y por fin se sentaba en el sofá, junto a nosotros, que la atendíamos con ojos como platos.
-Todos los días, hacia las cuatro de la tarde, una mujer entraba al museo. Era morena y tranquila, y siempre llevaba los labios pintados de rojo.
-¿Era guapa? -ya sabíamos que lo era. Conocíamos la historia al dedillo, aunque cada vez que la escucháramos nos fascinase como la primera-. Di, abuela, ¿era guapa?
-Como una estrella de cine. Y muy educada. Al entrar, saludaba con una inclinación de cabeza y se sentaba en el banco, justo enfrente del cuadro. Con el bolso en el regazo y la espalda muy recta, muy recta, como una bailarina.
-¿Y qué cuadro era, abuela?
-Era un autorretrato. O sea, un pintor que se retrató a sí mismo. Pero no con los pinceles en la mano y con su ropa de trabajo, sino vestido muy elegante, como para ir a una fiesta.
-Y el pintor, ¿era guapo?
-Igual que un príncipe. Tenía los ojos grandes de almendra y unos rizos rubios como la miel. Ella no dejaba de mirarlo, en silencio, sin decir ni pío. Con los ojos muy abiertos, así, como vosotros ahora. Día tras día, año tras año, la mujer llegaba y se sentaba frente a él. Y lo miraba. Muchos decían que estaba mal de la cabeza, que si era sordomuda, autista, que si no tenía a dónde ir. Pero eso era porque no le habían mirado a los ojos. Con hacerlo una vez te dabas cuenta de lo que pasaba en realidad.
-¿Qué pasaba, abuela? ¿Qué le pasaba en los ojos a la mujer silenciosa? –Y esta era nuestra parte favorita, lo mejor de la historia.
-No le pasaba nada en los ojos. Eran grandes, negros y con pestañas larguísimas. Lo que se veía, claro como el agua, es que estaba enamorada.
-¡Enamorada!
-Hasta los tuétanos. Y no la culpo. Aquel pintor era un hombre muy guapo. Muy guapo. Un día, el cuadro desapareció. Se armó un gran revuelo, vino la policía, investigaron durante años, pero nunca lo encontraron.
-¿Y la mujer? ¿Qué hizo cuando se enteró?
-Me imagino que se llevaría un tremendo disgusto, pero no lo sé a ciencia cierta. No volvió a aparecer por el museo.
En ese punto, indefectiblemente, se hacía un silencio asombrado, respetuoso, de condolencia por el destino desgraciado de aquel gran amor entre la mujer silenciosa y el pintor guapo. Siempre nos pareció que el final de aquella historia que mi abuela nos contó tantas veces era uno de los más tristes que conocíamos.
La recuerdo muy a menudo. En honor a ella visito, cada vez que puedo, el museo de mi ciudad. Me gusta detenerme unos minutos frente al autorretrato de un célebre pintor, un cuadro que estuvo desaparecido durante casi medio siglo.
Fue recuperado por el Estado el año en que mi abuela murió.









Fotografía: M.S. Nº 9 A. Durero y PFP, composición

jueves, 12 de febrero de 2009

relato Nº 8, 2º Concurso relatos "pequeño formato"



Finalmente había llegado el día que vería colmadas sus más altas aspiraciones, vería a sus pies a todos los hombres y mujeres que quisieron disputarle el puesto, el cargo, la empresa, el imperio. Aquel día Herminia, la mayor de las hijas de Don Prudencio y la impecable esposa de Don Severino, la Presidenta del holding más importante del País y una de las organizaciones empresariales más prestigiosas de la Europa mediterránea, iba a recibir el más alto reconocimiento que daba la Comunidad Empresarial Europea a la empresa y al empresario más relevante del año, aquel que ha llegado a la cima liderando el ranking de los mejores ratios de valoración.
Mientras miraba el portafolios que contenía el discurso que le había preparado su secretario, el siempre diligente y reservado Evaristo, se imaginaba la cara del ilustre auditorio que dentro de un par de horas tendría delante de la tribuna, donde le iban a entregar el ansiado y trabajadísimo galardón.
Después de recibirlo de manos de Su Majestad y con la altivez y la fría elegancia que siempre había sido el temor y admiración de sus amigos y rivales, se dirigiría al expectante auditorio. De ella se esperaba en ese momento, el discurso que daría sentido al larguísimo proyecto forjado con tesón y sangre fría, con impecable precisión y profesionalidad. En sus manos estaba su futuro y la venganza forjada tras años de renuncias, sacrificios, mezquindades y delitos.
Atrás quedaban las angustias, los remordimientos, las dudas, el silencioso y seco llanto en su despacho, motivado por la soledad que siempre la rodeó y de la que nunca quiso prescindir.
Quería mirar directamente a los ojos de cada una de las personas que estarían observándola, ansiando una vez más su puesto, envidiándole el futuro imparáble que a partir de este público reconocimiento, a buen seguro la iba a lanzar al último eslabón del proyecto tan largamente proyectado, que tenía como único y valioso objetivo, el liderazgo del partido que tanto había ayudado a financiar y que finalmente tenía que llevarle a la Presidencia del Gobierno de la Nación.
Sabía que también estarían acechando sus eternos enemigos, mayoritariamente hombres que no estaban dispuestos a ser vencidos por Doña Herminia Cifuentes, aquellos que esperaban el más mínimo desliz para derribarle y liquidar la póliza de las mil y una humillaciones con las que ella les obsequiaba, en los mil y un intentos por derribarla.
Estaría también los únicos miembros de la familia que seguían sumisos a sus directrices. Desde la extraña y trágica muerte de Don Severino en un inexplicable accidente, donde también falleció el primogénito y único varón de la fructífera unión, el encantador Goyito de Almenar Cifuentes, solamente una de las hijas siguió en el regazo materno, más por cobardía que por amor filial. Perseveranda de Almenar Cifuentes, la pequeña y algunos decían que la más lista y la que en realidad era la viva imagen de Doña Herminia, terminado el exclusivo Master en la más prestigiosa y elitista Universidad de los EE.UU, se había incorporado a la dirección de la más residual de las empresas del Grupo ALCI, obteniendo ya unos buenos resultados, pese a la marginalidad de su repercusión en el entramado global. Su otra hija, la siempre rebelde y díscola Macaria, hacía ya diez años que marchó sin dejar rastro, pese a los intentos desesperados de Doña Herminia por localizarla. Siempre había sido la predilecta de los tres hijos, pero ella nunca quiso pertenecer a tan ilustre estirpe. Hubo quien se atrevió a decir que no era hija de su padre, con aquella melena caoba que no tenía precedentes en los de Almenar, ni tampoco en los Cifuentes.
También asistiría una de las hermanas de Doña Herminia, Edelmira con su marido, un exministro venido a menos por una trama oscura, que la influencia de Doña Herminia evitó que saliera a la luz, a pesar que no pudo evitar la destitución. Por ello sabían que por siempre jamás, tendrían que agradecerle la milagrosa maniobra que les salvo a todos del escándalo.
No estaría su hermano Prudencio Cifuentes. Ella ya se encargó después de la muerte de Don Severiano, de apartarlo de la Presidencia que le correspondía más por número de acciones que por aptitudes a ostentar el codiciado sillón.
Por supuesto estarían todos los miembros de los Consejos de Administración del Grupo ALCI, quienes atemorizados y esperanzados a partes iguales, esperaban que el discurso les despejara las innumerables dudas que se habían ido trazando en los últimos meses y no había ninguna duda que aclararía las incertidumbres y los rumores que corrían por todos los pasillos y despachos de la corporación.
También estaría presente y en un sitio de honor Doña Eremitas Feijó, la única e íntima amiga de Doña Herminia, acompañada de su hijo, un joven y prestigioso abogado que ostentaba la presidencia de un importante bufete en la capital, donde estaban depositados todos los secretos de Doña Herminia.

Dejó el despacho poniendo el discurso que había repasado por enésima vez antes de una entrevista con el director de un importante periódico financiero, en una cartera de piel que había pertenecido a su abuelo y que su padre le transfirió el día que ella se sentó para presidir su primer Consejo. Pensó repasarlo por última vez sentada en el coche, pese a conocerlo de memoria, mientras llegaba al Palacio de Congresos, así lo había acordado con Evaristo. No pudo, tubo que atender diversas llamadas telefónicas, hasta que hastiada apagó el móvil.

Austera como siempre, pero con la elegancia que caracterizaba a los Cifuentes, se abrió paso entre los saludos de la gente que se agolpaba en el vestíbulo del Palacio de Congresos y los flashes de los fotógrafos de la prensa financiera y las revistas de sociedad. La ilustre Alcaldesa de la capital se abalanzó sobre ella, dándole dos besos fríos y distantes aunque cómplices, en ambas mejillas, era muy importante para ella ser fotografiada con la que seguramente iba a ser muy pronto su Jefa.

A pesar que el tiempo transcurría velozmente, ella saboreó cada uno de los instantes como si de una proyección a cámara lenta se tratara. Veía a todos y cada uno de los personajes que se le acercaban para felicitarle, para estrecharle o besarle la mano, dependiendo del eslabón que ocuparan en el exclusivo círculo que podía acercársela.

Finalmente en una sala anexa, fue presentada a Su Majestad por el Presidente del Gobierno, con quien ella ya había compartido algunas cenas y reuniones. Departieron cortésmente unos minutos para finalmente entrar con el Auditorio puesto en pie mientras sonaba el Himno Nacional.

Unos parlamentos a los cuales Doña Herminia no prestó demasiada atención, la llevaron pausadamente, saboreando cada instante hasta el momento en el cual Su majestad le hizo entrega del galardón, mientras todo el Palacio se volvía a poner en pie, esta vez para rendir homenaje a la que sin duda se estaba convirtiendo en la mujer más influyente de la nación.

Se encaminó a la tribuna con paso firme, rodeada por la aureola del triunfo y la admiración del mundo económico, financiero y político rendido a sus pies. De pronto evidenció que no había visto a Evaristo, le pareció extraño, aunque sabía que su fiel secretario nunca se dejaba ver entre las grandes multitudes.
Saludó a Su Majestad y a la concurrencia mientras un silencio extraordinariamente denso llenaba el inmenso espacio.

Abrió el portafolios y vio el discurso que tanto había preparado, que casi podía recitar de memoria y que tantas horas y tantas correcciones había supuesto para el siempre fiel Evaristo.

Miró fijamente al Auditorio y vio a muchas de las caras conocidas, a su hija, a su hermana, se fijó en Eremitas, la más elegante como siempre y a su lado Evaristo con la mirada perdida, pálido y desencajado susurrándole algo al oído del abogado que se levantó pausadamente para salir con el paso indeciso por un pasillo lateral, desapareciendo por la primera puerta que acertó a empujar. Algo sucedía, algo grave, algo inesperado

Vio una cuartilla doblada, sin apenas mover las manos la desplegó y leyó mentalmente

¿Cómo había sido tan estúpida?, ¿Cómo había podido cometer un error como aquel? ¿Quién le asesoró? ¿Quién le presentó a Bernard Mardoff? ¿QUIÉN?

Doña Herminia Cifuentes no pudo pronunciar ni una palabra, quedó muda. Rápidamente apareció un médico en la sala, se la llevaron mientras se armaba un revuelo considerable. No perdió ni un minuto el conocimiento, a pesar que no podía hablar, se percató en un instante que su imperio se había volatilizado, no tenía absolutamente nada.

Doña Herminia sigue muda, arruinada, abandonada. El Holding ALCI fue adquirido a precio de saldo por una empresa holandesa. Nadie de su entorno se ha acercado a visitarla, salvo los abogados de las mil y una causas que tiene abiertas.

Pronto tendrá que dejar el apartamento donde se ha instalado momentáneamente, gracias a Evaristo, quién ha podido salvar alguna cuenta a nombre de su esposa. El palacete de la familia, hasta hace poco inexpugnable fortaleza de Doña Herminia, sigue precintado, con un ejercito de auditores, abogados y peritos removiendo sus cimientos. El fiel Evaristo no se lo ha contado, pero ella muda, lo sabe, lo sufre sola, en silencio, como ha sido siempre su vida. Un llanto seco resbala por su mente.

No volverá a hablar, Evaristo luchará para que la declaren demente.
Fotografía: M. S. nº 8 PFP

martes, 10 de febrero de 2009

relato Nº 7, 2º Concurso de relatos "pequeño formato"



LA MUJER SILENCIOSA

Hasta un pasado aún no lejano, ella había sido una niña habladora y vivaz. A los doce años, creía que la vida era una sucesión de colores cambiantes que indicaban un tiempo para cada cosa. Disfrutaba del sueño y del colegio, quería mucho a sus padres, tenía amigas y jugaba con la imaginación. A menudo se detenía en medio de un camino y escuchaba el rumor oscuro y protector de los vecinos árboles que el viento, suave pero persistente, movía hasta caer la tarde. En campo abierto, seguía obediente el trazo desigual del horizonte y, achicando los ojos, a veces, vislumbraba el paso rápido del tren que, al alejarse, le mostraba una línea desnuda, apenas perceptible, que en los días azules ella creía que era el mar.
Una tarde, en la casa, desde un rincón sombrío del patio, vio la hoja del hacha que blandía su padre, mientras, entre insultos, perseguía a su madre. La mujer, que corría hacia el huerto vecino, se cubría la cabeza con las manos y emitía entrecortados gritos de animal doliente. La niña había quedado clavada en su rincón. Miraba lo que nunca habría querido ver. Muy pronto, un tenso nudo empezaría a formarse en el centro de su vientre joven. Un nudo móvil y punzante, como de crías de serpiente, minúsculas y retorcidas, peleando furiosas entre ellas y expulsando un veneno que, veloz, le corría por la sangre, hasta dejarla incapaz de gritar, de gemir o llorar. Huérfana de su voz y sus palabras.
Sus padres habían entrado en un corral de los que daban al patio. No estaban al alcance de su vista, pero a la niña le llegaba aún el eco de sus gritos. De repente, sintió el golpe seco y breve: su padre había tirado el hacha y ésta había quedado abandonada en el suelo del patio, el mango medio oculto entre macetas de geranios y sus sombras, con la hoja visible, el metal impoluto: sin sangre. La niña respiró al tiempo que sus padres volvían a la casa sin dejar oír sus voces. Permaneció petrificada y muda con la mirada fija en el hacha abandonada. Sintió que ambas tenían algo en común, un papel ignorado en una historia tal vez ya acabada. Pensó mirando hacia la casa: los dos me habrán creído en el colegio y hoy me he retrasado. Ojalá nunca hubiera tenido que ver lo que he visto. No sucede lo que no se sabe ni se ve ni se oye. La niña no podría jamás olvidar qué había sucedido ante sus ojos, asustados, aquella tarde que quedaría colgada para siempre en su memoria con la luz seca y amarilla de un mal crónico. Aquella tarde que sería distinta de todas las demás del resto de su vida, que en su mente se guardaría aparte y tendría un sonido distinto y letal con el que debería vivir hasta su muerte.
Por la noche cenaron, como siempre, los tres pero, esta vez, con expresiones muy cambiadas. Se conocían y, sin embargo, parecían extraños. El caldo espeso y tibio no había calmado el doloroso nudo de crías de serpiente que seguía instalado dentro de la niña como un monstruo engendrado por un desconocido y feroz miedo. Pudo dormir y pudo vivir años siempre pendiente de aquellos habitantes que, malvados, la habían dejado sin apenas voz. Agradecía, sin saber a quién, el hilo inteligible de su pensamiento, su conciencia intocada. Utilizaba unas cuantas frases hechas, las necesarias para subsistir. En la casa jamás se habló de aquella tarde. Sus padres no sabían que el hacha desaparecida se oxidaba en el fondo de un pozo, en otra casa, lejos, arrojada en soledad y con alevosía infantil cualquier día sin fecha.
Nadie le dio importancia al súbito silencio de la niña. La adolescencia nos cambiaba y ella era muy seria, estudiosa y obediente. Habría salido parca en palabras como lo habían sido sus abuelos y lo eran sus padres, gente del campo que trabaja y calla. Ella, con el paso del tiempo, aprendió a defenderse de su dolor oculto. Se había resignado a él. Siempre permaneció en ella como un ser vivo interno, amenazante, a quien ella acallaba con la fuerza de sus pensamientos. Un día, ya muertos sus padres, vendió las tierras y la casa y se marchó del pueblo. Nadie supo nunca dónde fue a parar, tal vez a otro pueblo, a una ciudad grande, al extranjero.Sobrevivió bastantes años, industriosa y callada. Voces vulgares la llamaban la muda y para quienes supieron respetarla e incluso quererla, fue por siempre jamás la mujer silenciosa




Fotografía: Serie M.S. Nº7 pfp

jueves, 5 de febrero de 2009

relato Nº 6, 2º Concurso de relatos "pequeño formato"

La Mujer Callada
La Mujer Callada
Callaba y decía
Decía y hablaba
Con palabras hueras
Sin forma, sin fondo
Un nada vacante
Un vacío en la ausencia
Como un Desahogo:

Doliente.
…
Un día en la vida
La Mujer Silenciosa
Habló sin palabras
Su Corazón decía
En ritmos pujantes
Elevó una Ofrenda
De Amor y Belleza
Un Altar y una Tumba:

Sufriente.
…
Y Él se acercó
Grave y sereno
En el mutismo del Mundo
Profundo y callado
Y la mujer calló
Y los dos callaron:

Vivientes.
…
Fluían las lágrimas
Anegando los Labios
Labios sellados,
Bocas ya mudas
Labios besando
Sintiendo y amando:

Ardientes.
…
De fondo un Sonido
Un Sonido Lejano
Locura de cuerpos
Un alma anhelante
Tal vez el Silencio
De la mujer callada:

Sonriente.
Fotografía: M.S. Nª6 PFP

miércoles, 14 de enero de 2009

relato Nº 5, 2º Concurso de relatos "pequeño formato"


Unos dos años antes de morir ya no nos volvió a hablar.

“Yo creo que ya no nos conoce”. Pero aún le bailan los ojos negros cuando llegamos, y nos sonríe como si fuera a arrancar con un “¡Hola, queridos!”

Que nunca volvió a surgir.

“¡Pero qué guapa que estás hoy!” y verdaderamente mantiene una piel limpia, tersa, con unas pocas arrugas en la frente y en el rabillo de sus ojos, que más que aspecto de vieja, le dan un interesante talante de bondad y simpatía. O quizás es lo que yo siempre pensé de ella y con los años y sus arruguitas aún se le acentuó más en la cara.

Cuando se rompió la cadera, yo estaba allí, y nunca olvidaré su expresión. Se fue a levantar del sillón, supongo que para ir a hacer pis al baño y se cayó al suelo con un “¡Ay!” que casi sonó a murmullo e, inmediatamente, desde el suelo, esa mirada como pidiendo perdón por lo que le había pasado, por las molestias, por aguarme la visita. Con su cándida sonrisa sobreponiéndose al intenso dolor de la pierna.

“¡Venga, guapísima, que me ha dicho el médico que con tu cadera nueva vas a andar de coña! ¡Yo te agarro, no tengas miedo que no te suelto! ¿Te acuerdas cuando le enseñamos a andar en la bici al enano? Pues ahora te toca a ti con el tacataca. Pero no te preocupes que no te suelto.”

Aquel “Ay” creo que fue lo último que le oí. Pero tampoco recuerdo en este momento sus anteriores conversaciones. Siempre fue muy callada y, quitando sus lecturas, nunca tenía mucho que decir. Ahora que recuerdo, o mejor dicho, que no recuerdo, tampoco cantaba nunca. Pero sí que le gustaba la música, hasta su final, que, por su expresión facial, que no por su voz, fue cuando fue, le gustaba oír sobre todo zarzuelas.

“¿Qué, lo intentamos otra vez? Me ha dicho la fisio que no has querido levantarte del sillón, tunanta.”

Ahora que ya no está aquí, la sigo recordando tan tierna y sensible, tan pendiente de todos, aún más de los pequeños, tan sonriente, tan callada, tan silenciosa…




Fotografía: serie M.S. Nº 5, pfp

domingo, 11 de enero de 2009

relato Nº4, 2º Concurso de relatos "pequeño formato"



Ante tal caos, bullicio y griterío, busco el silencio….es que “ahí” no puedes decir nada…..



Hay tantas veces que se escucha, ajena a las palabras, no rebates, no discutes… a nadie vas a convencer… a nadie vas a imponer….y en el silencio hablas con tu pensamiento.



Me gusta el silencio, porque en él está el pensamiento y el recuerdo que te habla y acompaña.



Me gusta el silencio con la música porque te habla el “alma”, el sentimiento que te conecta con lo sublime …y no encuentras ni necesitas palabras…

De todas formas , yo no soy muda…y hablo…..
Fotografía: Serie M.S. Nº4 pfp

lunes, 29 de diciembre de 2008

relato Nº 3, Concurso de relatos "pequeño formato"


Calladita estás más mona…cientos, miles de veces, y en estéreo, su madre por un lado y su tía al otro. Toda su infancia oyendo esa frase, cada vez que su hermano la incordiaba, cada vez que pedía que la llevaran con la abuela, cada vez que protestaba por la incomodidad de la ropa que debía llevar. Más mona. Era lo máximo, lo único, de hecho, a lo que podía aspirar, ser mona. Pero callada, discreta, servicial.

En la adolescencia, empezaron las tímidas protestas. Papá, dejadme volver algo más tarde, quiero esa minifalda, mi amiga ya tiene tocadiscos y yo aún no…Niña, calla, que tu padre tiene muchas preocupaciones, no está para esas tonterías.

Su amigo barbudo de la facultad le abrió los ojos a la lucha de clases, la emancipación femenina (por la cuenta que a él le traía), la opresión capitalista y la alienación de la cultura burguesa. Muchas asambleas, muchas tardes en el partido, él arengando, ella escuchándole en silencio, arrobada. Y le leía reiteradamente un poema…Me gusta cuando callas porque estás como ausente…

Cuando finalmente acabó Derecho, su padre le colocó, sin que ella pudiera decir nada, en un bufete de un amigo, donde conoció al que sería su marido. Hombre brillante y hábil conversador, bueno, mejor locuaz hablador, porque lo que era escuchar…

Vinieron los dos hijos varones, y la tercera, aunque ella hubiera preferido sólo uno, pero se lo calló. Era una familia próspera, los negocios iban bien, los niños a los mejores colegios, tenían casa en la montaña y en el mar. También una activa vida social. Ella lo organizaba todo, esas reuniones y fiestas favorecían en mucho los contactos y clientes del marido, gente de alto nivel. Pero con la que mejor no hablar mucho, no sea que digas algo inconveniente, le recordaba él.

Cállate, por favor, no se te ocurra decirle nada a tu marido, no seas tonta, acaso crees que él te lo cuenta a ti, le aconsejó fervientemente su amiga cuándo se enteró de que ella tenia un lío con su profesor de equitación. Ni pensarlo, podrías perder mucho, calladita estás más mona (regresión a la infancia, a los 55 años).

Una tarde de agosto su marido debía concertar a las seis de la tarde un partido de padel con un buen cliente. Pero la pista estaba ocupada, y lo adelantaron a las tres. A 40º, a la media hora, el brillante empresario cayó fulminado. Cuándo ella se enteró, no supo que decir. Lloró en silencio.

Era una tarde de setiembre, empezaba a refrescar a media tarde. Ella organizó en la casa frente al mar la ceremonia de lanzamiento de las cenizas de su marido, con todos los amigos y familiares. Un acto precioso, con flores por todas partes, los invitados en sillas cubiertas de tules y lazos, y ella, sin palabras, lanzando las cenizas por el acantilado, rodeada de sus hijos.

Le costó que marcharan todos, sus hijos insistían en quedarse, ella en que regresaran a sus casas. Les prometió tomarse unas pastillas e irse a dormir pronto. En vez de eso, se sentó en el porche de la casa que daba al mar. Estuvo sentada, silenciosa e inmóvil, durante dos horas. Mirando y escuchando el oleaje.

Cuando pasaron exactamente 120 minutos, su boca se abrió, sin sonido primero, pero repentinamente, sin contención, sacó de dentro un grito desmesurado, poderoso, enorme. Y, finalmente, sonrió.




Fotografía; M.S. Nº3 pfp

viernes, 19 de diciembre de 2008

relato Nº 2, Concurso de relatos "pequeño formato"



Al doblar la primera esquina de aquella calle lúgubre y solitaria, con una mano doliente repasó la pared mugrienta en la que se apoyó para encontrar un descanso. Estaba exhausta y tenía frío. Se envolvió en la toquilla oscura de lana áspera hasta los ojos y, por encima de la cabeza, hasta las cejas. Sus ojos brillaban como brillan los de un gato nocturno y silencioso. Tenía que hacerlo ya, aquella misma noche: era justo para salvar su vida de tanta mediocridad, tanta miseria contenida, tanta vulgaridad, tanta zafiedad… No sabía qué palabras buscar que alimentaran más su resentimiento hacia ellos que la habían hecho tan vulnerable y digna de mofa para todos y para siempre; ¿por qué?

Inició de nuevo su paso vacilante hacia la casa de donde ella salió siendo una recién nacida a la juventud… Allí estaba. Tres peldaños la separaban de la puerta de entrada y en el lugar quedó silenciosamente unida a la quietud de la noche, iluminado su rostro por la escasa luz que, de una de las ventanas le llegaba. Subió con esfuerzo y su mano se cerró sobre la aldaba, la golpeó sobre la madera oscura, resonó lúgubre como sentía los latidos de su corazón y esperó. No tardó demasiado en abrirse aquella puerta origen de su vida y desventura. Alguien la hizo entrar y, cuando llegó al lugar ofrecido ya dentro de la casa, miró abiertamente al hombre que le abría los brazos… su aspecto era fantasmal, su figura envejecida prematuramente, sus ojos penetrantes y ojerosos, su tez grisácea, su actitud de ternura cierta… Se abrazó a él y, dentro del cálido círculo que la envolvía, musitó: “padre…” El hombre hundió la cabeza en su hombro y lloró como un niño.
Cuando se calmaron las emociones, ambos se miraron a los ojos y se acariciaron el rostro uno al otro. “Ven, estaremos mejor junto al fuego” y la llevó con delicadeza frente a la chimenea donde la llama prendida en unos troncos de madera recién colocados para caldear la estancia, le devolvió el aliento. Aquel lugar, aquella sala, la mesa llena de papeles sin orden, los libros bailando en sus estanterías por el balanceo de la luz del fuego que oscilaba al paso de ellos dos, instalándose en sus asientos, como preparados ya para el encuentro. “¿Cómo estás querida mía?” Susurró el hombre sin dejar de sostener y aliviar su mano del frío y de la soledad. Ella no respondió; una triste sonrisa se dibujó en sus hermosos labios de mujer joven aun. “Lo siento niña mía, fue tan breve todo, pero algún día resurgirás… Los malos tiempos pasarán, esto es una locura…” Ella volvió a sonreír con amargura, pero permaneció en silencio. Pasados unos instantes que parecieron siglos, el hombre tierno y maduro que la acogía, con el corazón atenazado por una extraña incertidumbre que le ahogaba dijo, casi por desvanecer la tensión de la escena: “Va a venir esta tarde, dijo que vendría a visitarme, me aprecia mucho y le estoy agradecido, muy agradecido a pesar de todo”. La mujer joven enarcó las cejas como haciendo una pregunta a algo absurdo e improcedente… “Sí, continuó, a pesar de todo. Es tan difícil la situación y se comprende que…” Alguien, fuera de la casa, se hacía presente por la energía que irradiaba de una extraña personalidad y porque también utilizó la aldaba para dar constancia audible de que estaba allí, frente a la puerta. El hombre de la casa, con un cortés movimiento dejó la mano de la mujer sobre el brazo de su sillón y fue a abrir. Se oyeron palabras entrecruzadas, sonido de abrazos de hombres con sus entrañables palmadas de buenos amigos. Otro momento de silencio antes de aparecer juntos en el umbral de la puerta de la sala, y el recién llegado, con más años sobre sí que el primero y la mirada asustada sin poderlo remediar se fijó en la débil silueta de la mujer que parecía reposar quieta, silenciosamente esperando. Había un tercer asiento frente a los dos primeros como si un presentimiento previo hubiera dispuesto la escena para su mejor ejecución.
Los tres juntos al fin. De uno al otro y entrecruzándose, las emociones se acariciaban y se agredían en un desconcierto al que la joven mujer puso punto final y rompió su silencio…
Y entonces habló, habló sin respiro, atropellándose en las palabras como si en un solo minuto tuviera que vomitar toda su vida sobre la alfombra roja que pisaban sus pies… Miró al primer hombre y le dijo: “Padre ¿por qué?.¿por qué me hiciste así? ¿por qué me deparaste un destino tan vulgar y fui la mujer que no quería ser? Porque yo ¿sabes? quería ser una princesa rusa, enamorada hasta la locura de un hombre imaginado a través de mis sueños y mis anhelos … yo quería crear también el único amor que no se marchita, el que no sufre la degradación de lo consumado y se alienta con la ilusión de lo que puede llegar a ser… yo sólo quería crear mi libertad y mis propias virtudes, mi propios errores, mis pecados, mis miedos y mis osadías… ¿Por qué me elegiste como una parlanchina para diversión y regocijo de mentes estructuradas e incapaces de descubrir el caudal de sabiduría y amor que posee una mujer? ¿Tu crees, padre, que alguien se detuvo un momento para pensar lo que yo sufría porque mi vida no estaba de acuerdo con mis más íntimos deseos?. ¿Tu crees que yo era feliz con el egoísta y burlador del marido que me diste en suerte? ¿Crees de verdad que merecía ser tan interesada y vulgar? ¿Por qué no me hiciste de otra manera, más elegante, más mujer?

Al final de la disertación las lágrimas descendían por su rostro como la lluvia mansa se desliza sobre la campiña invernal en que se transforma un alma doliente, lamiendo su corazón deshecho como un perro lame las heridas de un mendigo macilento.
El hombre que la abrazó al llegar, lo volvió a hacer ahora y después fue él quien se quedó en silencio.
Al instante, desprendida del abrazo que la conmovía, se volvió con una energía nueva, de fiera liberada hacia el visitante y no había suficiente aire para decirle con aquellos ojos deslumbrantes de gato nocturno y maullante: “No quiero hablar de tu vida aquí porque no te lo mereces. Mi padre te está agradecido porque aceptaste ser mi tutor y padrino. Sobre los pentagramas me fuiste dibujando para una vida que yo no quería y que fue rechazada por mi origen y por el de él. Creías redimirte con este gesto pero lo dudo. Recuerda el resultado. Yo no fracasé a pesar de odiarme a mi misma por haber aceptado mi creación… Pude haberme suicidado atenazando la mano que me diseñaba palabra a palabra, pero no lo hice porque ni los perros muerden la mano de quien les sustenta la vida, y es que así, poco a poco, sobre el papel, no me daba cuenta de lo que iba a ser… Y tus partituras tan excelsas en otros tiempos, ¿cómo dieron en sucederse con la mediocridad con la cual me dejaste vestida, como testamento de mi existencia? No sabrás nunca cuántas lágrimas derramé cuando me dejasteis. Me quedé huérfana mientras mis hermanastras triunfaban llevadas de tu mano de maestro y de tu cariño recién estrenado cuando todo pasó… ¡!¿Por qué me abandonaste?!!

El, pausadamente, la miró con el corazón turbado por la disyuntiva creada entre la ternura y la aceptación para decirle: “!Me hiciste tanta ilusión!, fuiste el arma de mi combate, el antifaz con que ocultar mi cobardía, la esperanza de una resurrección en los valores del Arte, de la Música, el antídoto de un veneno que amenazaba con devastar lo más hermoso que el hombre puede dejar tras él, a la Humanidad. Y mi egoísmo por preservar mi orgullo de artista de tanta amenaza, creó la música que te ha acompañado y que te acompañará siempre… Has sido desgraciada, hoy lo se y me lamentaré eternamente de ello…; date cuenta querida: nos haces el juicio más severo que se puede hacer: de la criatura a su creador. Pero no te diré: “Si lo hubiera hecho distinto, no. Sacrificaré tu vida porque permanecerás para siempre aunque no lo entiendas… Mi penitencia, con el inmenso dolor que tus palabras me causan , ya la he cumplido.



Fotografía: M.S. Nº2, pfp

lunes, 15 de diciembre de 2008

relato Nº 1, Concurso de relatos "pequeño formato"



SILENCIOS DE MUJER


¡La virgen santísima: Qué cantidad de gente! Seguro que los trenes andan con retraso otra vez, justamente hoy que había prometido a la señora María que haría todo lo posible por ir un poco antes para no dejar sola a su madre y que ella se fuera a primera hora a la peluquería …

No viene, no, el tren y, encima, imagínate cómo va a llegar: ¡a tope!… ¡Andaaa!, y con las prisas de esta mañana no he sacado el pollo para cenar del congelador. Tendré que comprar uno esta tarde cuando lleve de paseo a la señora Lourdes. Pasaremos por las cocheras para ir al parque, hoy. El del congelador lo dejaré para el domingo…

¡Casi menos cuarto, y el dichoso tren sin llegar! No sé si habrán dicho algo por megafonía… Calla, calla, ahora que lo pienso: ¡Qué vas a comprar pollo si se me ha acabado el bono-transporte y en el monedero sólo llevo los nueve euros del cambio de ayer en la droguería! ¡Si es que tengo la cabeza a componer!… La señora Nuria me trae loca, pero ¿qué voy hacer yo si el niño me vomita el desayuno…?, ¿llevarlo al colegio tal cual?… Me preocupa: no sé si es la comida de la escuela o las chuches que deben comer todo el día con los amigos, pero entre los mocos del resfriado que arrastra hace días y que no tiene hambre, se le hacen unas bolas que no hay manera de que trague… Sí, pero mira la señora Nuria: Ella mucho quejarse de que he llegado veinte minutos tarde pero que, si no me importaba, que me pagaba mañana, que no le había dado tiempo de ir al cajero… Y yo con sólo nueve euros encima y sin poder comprar el pollo…¡Y el tren sin venir!…

Si mi hermana estuviera aquí le hubiera dicho que en un momento me llevara el niño al pediatra. Estábamos justitos cuando ella vivía en casa, pero para estas cosas mira que me iba bien, porque la pobre Sandra bastante favor me hace de cogerlo cuando va a buscar a sus hijos y quedárselo en su casa hasta que no llega Félix a recogerlo al volver del trabajo, pero por un resfriado no le voy a pedir además… ¡Calla, que ya viene el tren! ¡Gracias, dios mío!

Hoy no me podré sentar, no, ¡ni pensarlo!… ¡Buaf! ¡Cómo viene de lleno! ¡Y con el dolor de pies que tengo!…

A ver si hay suerte y se levanta alguien cuando paremos en la próxima… Mañana, jueves, a casa de la señora Rosa, y supongo que querrá que le haga a fondo las dos terrazas… ¡Calla, tú!, que estos dos parece que se levantan… Pues sí; mira qué bien. Sentada, hasta final tendré tiempo de comer y así no lo tendré que hacer en la estación al llegar…Estoy sufriendo por la señora María, que justamente confiaba en que hoy le llegara un poco antes, y es que es la única que tiene algún detalle de vez en cuando conmigo, y para una vez que me pide algo…

¡Vaya! ¡Menuda mirada que me ha clavado el tipo este! Parece que no le hace gracia que haya sacado el táper… ¡Bah!… Aún llegaré a tiempo, aún…

¡Bueeeno!, pero, ¿se puede saber por qué me abanica con el periódico el tonto este?... Es arroz y pollo hervidos, y fríos no huelen… Deja, Marga; haz como si nada, como si no lo hubieras visto…

-Por si no lo sabía, señora, en este país no comemos en los trenes. ¡A ver cuándo se darán cuenta usted y los suyos de que ya no viven en la selva, sino entre personas!

Calla, Marga, calla… No te busques un lío… Ya comerás en el banco de la estación cuando llegues.
Fotografía: M.S. Nº1, pfp

sábado, 6 de diciembre de 2008

CONVOCATORIA , 2º CONCURSO DE RELATOS "pequeño formato"



Hace frío, viento, llueve, nieva... es Diciembre y luego viene Enero, con la cuesta, hay que pasear desde luego, aunque sea bajo un paraguas, pero conviene tener un pequeño proyecto que llevar a cabo cuando se llega a casa, una alternativa a pensar en la crisis, o en un novio/a que te ha dejado...

Pensar hoy por hoy es gratis y ¿porque no, pensar cuatro ideas que plasmar en un relato para "pequeño formato"?.

Esta vez, el título del relato será "LA MUJER SILENCIOSA". Título como mucho de vosotros sabéis de una ópera de Richard Strauss con libreto de Stefan Zweig a la que hago referencia en una de mis entradas concretamente la del día 12/7/08, (etiqueta Zweig Stefan)


Entremedias de mi serie de las hijas de LiLith, quisiera que me contarais una mujer, una hija de Lilith... o... no , pero lejana en las dimensiones de tiempo y espacio... o... no.... Espero un relato, un cuento, una noticia... pero con una mujer silenciosa...

El nivel de la "peña" como dice Javi Duque, es mucho nivel así que espero autenticas maravillas de todos ustedes/vosotros.


La convocatoria es internacional, abierta a todo el mundo y en el idioma autonomico que querais, ya me buscaré yo la vida para la traducción, este es un blog sin fronteras de idiomas ni de ideas...


El premio, lo he gestionado con Kundry, y será una invitación a comer o cenar en su "Comedor Kabanova" de Logroño http://www.kabanova.com/. Os aseguro que vale la pena por la comida y por la compañía de sus anfitriones Maras, y Kundry.


La fecha término de entrega de relatos,(mira por donde me voy a poner tierna), el 14 de Febrero, día de San Valentin , quiero decir el 14 de Febrero lo publicaré. ¿os parece?.


Como la otra vez, enviar los relatos a mi correo, yo lo publicaré, conforme vayan llegando y solo numerados , las votaciones seran si os parece también de la misma forma Si hay alguna idea o sugerencia, por favor: pfpinedoa@hotmail.com


Besos y gracias a todos Pilar

Pd: Maras y Kundry si los ganadores fuerais vosotros tirais con un "Pinedo" que ya iremos al Kabanova para cenar o comer con vosotros.



Fotografía: Obra de Richard Diebenkorn