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lunes, 8 de mayo de 2017

Bomarzo


Joven caballero en su estudio. 1480-1556, obra de Lorenzo Lotto 


Los jardines de Bomarzo, en los que Manuel Mújica Lainez se inspiró para dar vida a su novela, Bomarzo (1967), se encuentran situados en la provincia italiana de Viterbo, a un centenar de kilómetros de Roma, y su creador, el auténtico duque Pier Francesco Orsini II , los realizó en los alrededores de su castillo en memoria de su difunta esposa Julia Farnesio. Reciben estos  jardines también, el nombre de Parque de los Monstruos o Bosque Sagrado, y están llenos de gigantescas figuras talladas en la piedra  propia de la orografía del lugar; son figuras marcadas por la desproporción, máscaras gigantes, bocas que son grutas, animales imaginarios... Estos jardines, largamente olvidados, se revalorizaron a principios del siglo XX con la llegada de turistas famosos tales como Salvador Dalí y por el interés que suscitaron entre los artistas surrealistas. En la estela de este descubrimiento llegaría la visita de Mújica Lainez y tras ella el interés que suscitó en él los personajes que pudieron habitar esa realidad, de ahí nació, Bomarzo

Esta fascinante novela relata la atormentada vida, del hipotético duque, Pier Francesco Orsini, Duque de Bomarzo, miembro de la Casa Orsini, una de las familias  más importantes y poderosas de Italia durante la Edad Media y el Renacimiento y entre cuyos parientes figuraban papas, señores de la guerra, artistas y distinguidos cortesanos.  
La vida y aventuras del atroz y extravagante duque de Orsini, sus incontables hazañas y desgracias, constituyen el gran mural en el que Manuel Mujica Lainez despliega una visión lúcida y objetiva de los manejos de la política y del poder de la Italia del siglo XVI, un laberinto de traiciones y violencias alimentan esta obra, donde Pier Francesco Orsini,  sueña con la inmortalidad, pero la traición lo aguarda en el filtro que debía de hacerlo inmortal y muere envenenado.

La ópera en dos actos y quince cuadros con música del compositor argentino Alberto Ginastera y libreto del propio Mujica Lainez basado en su novela homónima, se estrenó en el Listern Auditorium de la ciudad de Washington en mayo de 1967. Con motivo de ese estreno, el genral Onganía, entonces presidente de la República Argentina, firmó un decreto por el que se designaba a Manuel Mujica Lainez y a Alberto Ginastera ministros plenipotenciarios debido a la importancia que revestía la ópera como difusión de la cultura argentina. Pese a los honores diplomáticos de entonces y a la triunfal representación en el Lincoln Center de Nueva York, en 1968 un decreto oficial prohibió su representación en el Teatro Colón de Buenos Aires, por considerarla inmoral.

Una verdadera tormenta se declaró en Buenos Aires contra la censura oficial; las protestas de las Academias instituciones culturales y personalidades del mundo intelectual se multiplicaron, aunque también hubo voces que aplaudieron la medida represiva. La aparición  de la novela  Bomarzo había tenido una repercusión comparable a la que marcó Rayuela de Julio Cortazar, pero la mayor repercusión llegó con el escándalo suscitado por la prohibición como ópera, pero autorizarse libremente la difusión de la novela. Mujica Lainez llegó a la conclusión de que lo que los censores argentinos consideraron inmoral era sin duda, la música.

Bomarzo tuvo que esperar la caída del gobierno del Presidente, General Onganía (1966-1970), para poder ser estrenada en el Teatro Colón el 29 de abril de 1972, con el mismo elenco que la interpretó en Estados Unidos y bajo la dirección de Antonio Tauriello.

La música de Ginstera es deslumbrante, toda la ópera alcanza una intensidad que no decae en ningún momento, gracias a la estrategia  compositiva del maestro Ginastera, que la organizó en dos actos, divididos en quince cuadros independientes pero simétricos, unidos por catorce interludios instrumentales. 

Una extraordinaria representación que se ha podido disfrutar en la temporada 2016/17 del Teatro Real en Madrid, en coproducción con De Nationale Opera de Ámsterdam.

lunes, 22 de agosto de 2011

interior y retrato


"La cámara donde colocaron el cuerpo de Girolamo, cubierto con su armadura, fue tendida de negros paños. Mi abuela se vistió de blanco, porque para ella, como para las antiguas reinas de Francia, el blanco era señal de luto. Maerbale y yo cambiamos nuestras ropas por otras negras, que descendieron  de los cofres del desván. Desaparecieron los guantes, las sedas, las joyas. El cardenal mandó llamar a los monjes de los monasterios próximos, y las plegarias no cesaron noche y día. Enviamos un mensajero a mi padre, con la noticia que lo sumiría en un dolor terrible, y sentí lástima por él, viejo, solo, privado de lo que más amaba. Pero no debía ablandarme, no debía dejar que la piedad me debilitara. Debía echar mano de cuanta energía dispusiese. Supimos por el emisario que el condottiero había recibido la carta, más nada contestó ni volvió a Bomarzo. Lo aguardamos cuatro días, renovando los cirios y las oraciones. Por orden mía le pusieron a Girolamo el yelmo, como si lo encerraran dentro de un férreo estuche, e insistí en que le apretasen la visera para no  ver más su rostro desfigurado. Así convertido en una escultura, podía soportar la cercanía del cadáver. La gente del castillo acataba mis órdenes, acudían a mí que era ahora el heredero y, en ausencia de Gian Corrado Orsini, el jefe de la familia. Mi abuela, espantada sin duda de lo que había hecho, se enclaustró en su aposento, donde nadie entró. Muy tarde, velada, se sumaba a los frailes que repetían sus preces. Su actitud huraña, que los demás atribuyeron a su pesar ante la pérdida del mayor de sus nietos, de la que había sido testigo y la actitud del cardenal que lloraba y lloraba sin articular palabra, con balbuceos seniles, afirmaron mi autoridad."

Texto: Bomarzo, obra de Manuel Mujica Láinez

Fotografía:  Joven sobre el fondo de una cortina blanca. Obra de Lorenzo Lotto 1508