Los egipcios creían que el cuerpo debía ser conservado para que el alma viviera en el más allá, también sabían que no era suficiente, creían que si también se peremnizaba la apariencia del faraón, con toda seguridad éste continuaría existiendo para siempre. Los egipcios denominaban al escultor, El-que-mantiene-vivo.
Los ritos funerarios y escultóricos reservados a los faraones se extendieron a los nobles de la casa real que pronto tuvieron sus tumbas menores agrupadas en hileras alrededor de la del faraón, en las que se albergaría su momia y su apariencia vital. Algunos de estos primitivos retratos de la edad de las pirámides se hallan entre las obras más bellas del arte egipcio.
La estricta concentración en las formas básicas esenciales, el conocimiento de la figura y su significado, la simplicidad junto a la solemnidad, son características destacadas de los artistas egipcios, junto a la perfección.
La misión del artista era, la representación con la mayor claridad de todos los elementos de la obra. No tomaban apuntes de la naturaleza, dibujaban de memoria tras una aguda observación de la realidad. El arte egipcio no se basa en lo que el artista podía ver en un momento concreto sino en lo que él sabía que pertenecía a una persona o escena.
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Fotografía: El jardín de Nebamun, 1400 a.C. Pintura mural en una tumba de Tebas, donde se muestra un jardín con un estanque. Representado sencillamente desde arriba, los peces y los pájaros se dibujaron de perfil para que pudieran ser reconocidos, así como los árboles representados desde el lado. Este sistema de representación no le privó al artista egipcio de observar los detalles de la naturaleza con sorprendente exactitud. Cada pez, cada pájaro, cada árbol está dibujado con tanta fidelidad que los zoólogos pueden reconocer sin dificultad su especie.
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