Los conceptos tradicionales de "belleza" y "representación" -entendiendo por la primera la idealización de las formas existentes y por la segunda la fijación objetiva de la realidad- desaparecieron en el vértice de dos siglos; utopía y experimentación se convirtieron en los principios de una modernidad cuyo espíritu positivo ha atravesado el siglo XX.(...) Durante este recorrido cada movimiento artístico ha contrariado al precedente. La vanguardia se convirtió gradualmente en una acelerada sucesión de impulsos contrarios que han acabado por provocar no solamente la desconfianza del espectador, sino también la imposibilidad de maduración de los artistas y su penosa sumisión a la dictadura de las modas.
La duración de los movimientos ha sido variable, siendo durante los años sesenta cuando aparece una aceleración vertiginosa de los mismos, una crispación estética que ha provocado una saturación, un verdadero colapso ideológico y creativo, que es bien el nuestro.
La artificiosidad de muchas tendencias, su lanzamiento mediático, como si de un espectáculo o un objeto de consumo se tratase y su condición inconsistente y perecedera hacen dudar de su autenticidad e incluso de la razón misma de su existir.
(...) En general, las formas seudo-artísticas a que nos referimos precisan de una máscara trascendente, de aquí los interminables discursos pretendidamente filosóficos, tan farragosos como presuntuosos que las acompañan -cuanto más vacío, más teoría- como una forma de compensar mediante tal ropaje su carencia conceptual
(...) Acompañado de sorprendente batería crítica, asistimos al triunfo pasajero del artista repentino, sin otra experiencia que la práctica de la novedad a ultranza, así como a la dominación de un gran y terrible "ismo" el del arte efímero (...) y el sorprendente rechazo de aquellos creadores cuya labor se focaliza substancialmente en la profundización del universo personal.El simulacro substituye a la convulsión fertilizante de la historia para dar paso al dominio del anti-arte, apareciendo como culpable, en primer lugar la desgraciada posteridad del ready-made de Marcel Duchamp.
"El Paseante" Nº 23-25 1995 (*)
Fotografía: obra de Marcel Duchamp "La fuente" 1917