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sábado, 19 de abril de 2014
GRACIAS, GABRIEL
"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo."
También yo recuerdo aquella tarde remota de principios de los setenta, que paseando por las Ramblas de Barcelona hojeé por primera vez Cien años de soledad; algo había oído de la personalidad mágica de su autor, y cuando leí esta breve frase con la que se inicia la novela ya no tuve espera, pagué y la leí sin tregua, ni respiración. A lo largo de estos años pasados, la he releído en varias ocasiónes, con la misma emoción.
A partir de entonces a penas tuve espera para leer todos los demás textos que escribió con maestría y con fantasía inigualable el gran Gabo.
En su despedida, le dejo como a todos los inmortales a los que adoro, todo mi agradecimiento y admiración por la felicidad, por el placer que me ha proporcionado su genio, por su buen hacer y su real e inagotable fantasía.
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, GRACIAS
Fotografía: cubierta de la primera edición de Cien años de Soledad
sábado, 15 de marzo de 2014
Juan Ramón Gimenez
Orden de trabajo diario:
Levantarme a las 9.
Desayuno, baño, arreglo mental y de casa, paseo; hasta las ll.
Trabajo en mi obra propia; hasta las 2 y ½.
Comida, descanso breve, periódicos del día y atrasados (de 6 a 8); hasta las 5.
De 5 a 7: un día, traducción y su imprenta; otro, envío de libros y arreglo biblioteca.
Paseo a las 7 y ½ (Retiro, visitas, librerías, calles, etc.)
Cena a las 9 y ½. Idiomas y lectura; hasta las 12.
Los jueves por la tarde, después de los periódicos, paquetes a mi madre y hermano.
Los domingos: por la mañana, cartas; por la tarde, cartas a mi madre y hermano
Putas
Mis amigos solían ir en Huelva, en Sevilla, en Madrid, a las casas de putas. La vida de Sevilla tenía en su diario ese nocturno. Yo no sentía la menor emoción por aquellas muchachas más o menos jóvenes, rubias o morenas, que me besaban y me preguntaban cuándo iría a verlas. Porque yo estaba fascinado por unos ojos verdes de la hermana de un amigo, el brazo mate de la tiple italiana, la ecuyere del circo. Todo lo imposible o lo improbable.
Caí algunas veces por no ser menos ante ellas y ello, ante ellos con ellas y ellas con ellos. Yo pensaba y creía que todas aquellas muchachas tenían una sensibilidad secreta que nadie había tocado.
Y si, por acompañar a mis amigos, iba, buscaba la muchacha más triste, más delicada y hablaba con ella de su casa, de su pueblo, de su vida. Algunas me dieron, en la sombra, un beso amigo, cariñoso, desinteresado.
(…) Lo escabroso (y ciertos amores) aún anteriores a 1916, lo escribiré pero no lo publicaré ahora sino póstumamente. Respeto a Zenobia.
El místico y los pícaros
Yo no iba a casas de putas, no decía “carajo”, “coño”, palabras gordas, como dicen los “hombres”, no andaba “necesariamente”, con toreros ni cupletistas.
En vista de esto yo estorbaba a los pícaros, yo era, decían, un místico, y decidieron que ellos eran los “hombres” y yo una señorita, una niña, Miss Poesía, etc. Y para ponerse ellos en su sitio, lo intentaron todo, caricatura soez, copla baja, para echarme abajo lo mío.
Les di ejemplo de dignidad y se reían. Por eso Salinas, Guillén, (Lorca), Alberti y —¡ay!— Bergamín se volvieron y volvieron a los otros contra mí.
Los más hipócritas de ellos decidieron que yo era un puritano, peor todavía que un místico. La cuestión era, como en el nazismo, justificar su conveniencia; y decidieron que la picaresca era más española. Y todos juntos ya, se pasaron, lugar de su vocación y su destino, a la picaresca.
Ellos querían vitorear. En realidad estaban haciendo conmigo una farsa de solución. Yo representaba “el espíritu”, decían, y claro, conmigo no se podía contar para “ciertas cosas” con que ellos necesitaban contar y recontar.
El martirio de escribir
30 años de mis 45 los he pasado en el martirio de escribir, con la voluptuosa exactitud que en cada edad me ha exijido mi más o menos activa conciencia, mis sentimientos, fantasías y pensamientos —como si no hubiera sido bastante y más, para mí, el egoísmo de poseerlos plenamente, y como si la poesía escrita le importase a alguien.
La vida. Vivir
Es frecuente que los que escriben sobre mí, digo, contra mí, me echen en cara que no he vivido. Recuerdo las líneas de Stendhal en Roma: “Un día hermoso he visto la puesta de sol desde San Pedro”, etc. Pues cosas así son las que yo hago a diario: amo a una mujer, salgo a la naturaleza, campo, mar, jardín, plaza, ando por las calles, leo, veo pinturas, oigo música, viajo lo que puedo y sé que puedo estar solo cuando quiero. No voy a cafés, toros o prostitutas no por (…), sino porque no me gustan. Si X prefiere el café a la música, yo prefiero el (…) a la casa de putas. ¿Esa es la vida?
Se dice que X ha vivido. Conozco su vida. Se levanta, no se lava, desayuna, se va a dar un paseo camino de su clase, se va al café (tres horas), una puta, cenar y dormir, no se lava.
Estoy contento del trabajo de mi vida
Estoy contento del trabajo de mi vida y creo que, al fin, conmigo, tiene España un poeta completo que puede unir a los universales. A ver, ahora, cuántos siglos pasarán antes de que venga otro español a ponerse a mi lado. Esto no es orgullo. Es gozo. No soy yo quien me jacto por mí; sino yo que he castigado, sacrificado, exaltado, al otro yo que ha realizado tal obra.
Y, ahora, muerte, ven por mis huesos. Ahora, siglos, venid contra mi Poesía.
Juan Ramón JImenez
Fotografía: Ex-amor, poema manuscrito de Juan Ramón JImenez
viernes, 8 de marzo de 2013
todo lo que era sólido
jueves, 10 de febrero de 2011
retazos del "callejón" de Mahfuz,
Y efectivamente, Salim Alwan era lo bastante ducho en negocios para reconocer que tenían razón. Sabía perfectamente que si el comercio era capaz de inmensas ganancias, también lo era de llevarle a la ruina en menos de una hora, y que el comerciante prevenido ante el futuro con la compra de inmuebles puede, en verdad, y sobre todo si los ha registrado a nombre de sus hijos o de su esposa, escapar de esa crisis con algún dinero, incluso con mucho, en lugar de con las manos vacías. Conocía muy bien lo que les había pasado a otros grandes comerciantes, quienes tras mucho enriquecerse, acabaron en la ruina en la más espantosa miseria, o peor aún, en el suicidio, muriendo si no oscuramente. Sí, sabía todo esto, y sabía que sus hijos tenían razón en lo que pretendían, incluso él mismo lo tenía pensado de antes. Sin embargo, la guerra no permitía aquel tipo de operación. Hacía falta aplazar el plan, dejar que la idea madurara en su mente hasta cuando llegara la ocasión propicia. Pero apenas había llegado a esta conclusión, cuando su hijo, de nuevo el magistrado, le aconsejó que se esforzara en lograr el título de "bey". "¿Cómo es que no eres un "bey" cuando el país está lleno de pachás y de beys que no tienen ni tu fortuna ni tu posición social?".
El padre se sintió halagado. La verdad era que, a diferencia del tipo de comerciante eminentemente pragmático, los honores le hacían ilusión. Comenzó a preguntarse, ingenuamente, qué podía hacer para conseguir el título. La pregunta se convirtió en una importante cuestión familiar. Todos se entusiasmaron con la idea pero no se pusieron de acuerdo sobre la mejor manera de llevarla a cabo.
"El callejón de los milagros". Naguib Mahfuz
...
Fotografía : Ilustración de Eduardo Arranz-Bravo (detalle) para "El callejón de los milagros" ed. Círculo de Lectores Barcelona, 1989
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Africa,
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Mahfuz Naguib
jueves, 10 de junio de 2010
el Africano
"A mí, Hasan, hijo de Mohamed el alamín, a mí, Juan León de Médicis, circuncidado por la mano de un barbero y bautizado por la mano de un papa, me llaman hoy el Africano, pero ni de África, ni de Europa, ni de Arabia soy. Me llaman también el Granadino, el Fesí, el Zayyati, pero no procedo de ningún país, de ninguna ciudad, de ninguna tribu. Soy hijo del camino, caravana es mi patria y mi vida la más inesperada travesía.
Mis muñecas han sabido a veces de las caricias de la seda y a veces de las injurias de la lana, del oro de los príncipes y de las cadenas de los esclavos. Mis dedos han levantado mil velos, mis labios han sonrojado a mil vírgenes, mis ojos han visto agonizar ciudades y caer imperios.
Por boca mía oirás el árabe, el turco, el castellano, el beréber, el hebreo, el latín y el italiano vulgar, pues todas las lenguas, todas las plegarias me pertenecen. Mas yo no pertenezco a ninguna. No soy sino de Dios y de la tierra, y a ellos retornaré un día no lejano."
Texto: "León el Africano" de Amin Maalouf, galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2010.
Fotografía: "Un príncipe visita a un ermitaño" (detalle).Atribuido a Abd al-Samad. India, siglo XVI
martes, 8 de junio de 2010
¿por qué sólo lo acusaban a él?

"Escojo un libro que trata sobre el juicio de Adolf Eichmann. Su nombre me sonaba, como criminal de guerra nazi, pero no tenía interés especial por el tema. Sólo que, casualmente, el libro me saltó a la vista y acabé cogiéndolo. Al leerlo, descubrí qué brillante ejecutor había sido aquel teniente coronel de las SS con gafas de montura y pelo ralo. Poco después de estallar la guerra, la cúpula nazi le asignó la ejecución de la solución final -en otras palabras, de la matanza a gran escala- de los judíos y él estudió detalladamente cómo llevarla a cabo. Y elaboró un plan. La duda sobre si la ejecución de ese plan era moralmente correcta o no apenas se le cruzó por la conciencia. Lo que ocupaba su mente era cómo deshacerse de los judíos en un corto periodo de tiempo y con el menor coste posible. Según sus cálculos, la cifra de judíos en toda Europa ascendía a once millones.
¿Cuántos trenes de mercancías necesitaría y cuántos judíos cabrían en cada vagón? De éstos, ¿que porcentaje perdería la vida de forma natural durante el transporte? ¿cómo conseguiría desempeñar esa labor con el menor número posible de hombres? ¿cual era la manera más barata de deshacerse de los cadáveres? ¿quemarlos? ¿enterrarlos? ¿fundirlos?. Sentado ante su escritorio calcula sin descanso. Sus planes se llevaron a la práctica casi con la efectividad que él había previsto. Antes de acabar la guerra se había deshecho de unos seis millones de judíos (más de la mitad previsto) siguiendo sus planes. Pero él no se siente en absoluto culpable. En el Tribunal de Justicia de Tel Aviv, sentado en el banquillo de los acusados, tras el cristal antibalas, Eichmann, cabizbajo, parece estar preguntándose por qué se le está sometiendo a un juicio de tanta envergadura y por qué los ojos del mundo entero no apartan de él la mirada. Si él solo era un técnico que había desempeñado con la mayor eficacia posible la tarea que se le había asignado.
¿Acaso no hacía exactamente lo mismo cualquier otro concienzudo burócrata del mundo? ¿por qué sólo le acusaban a él?"
Texto: Haruki Murakami. Kafka en la orilla
...
Fotografía: Adolf Eichmann durante su juicio en Israel.
sábado, 20 de diciembre de 2008
FELIZ NAVIDAD, FELIZ AÑO, A TODOS, AMIG@S
"Comenzaré por decir, sobre los días y años de mi infancia, que mi único personaje inolvidable fue la lluvia. La gran lluvia austral que cae como una catarata del Polo, desde los cielos del Cabo de Hornos hasta la frontera. En esta frontera, o Far West de mi patria, nací a la vida, a la tierra, a la poesía y a la lluvia.
Por mucho que he caminado me parece que se ha perdido ese arte de llover que se ejercía como un poder terrible y sutil en mi Araucanía natal. Llovía meses enteros, años enteros. La lluvia caía en hilos como largas agujas de vidrio que se rompían en los techos, o llegaban en olas transparentes contra las ventanas, y cada casa era una nave que difícilmente llegaba a puerto en aquel océano de invierno.
Esta lluvia fría del sur de América no tiene las rachas impulsivas de la lluvia caliente que cae como un látigo y pasa dejando un cielo azul. Por el contrario, la lluvia austral tiene paciencia y continúa, sin término cayendo desde el cielo gris.
Frente a mi casa, la calle se convirtió en un inmenso mar de lodo. A través de la lluvia veo por la ventana que una carreta se ha empantanado en medio de la calle. Un campesino, con manta de castilla negra, hostiga a los bueyes que no pueden más entre la lluvia y el barro.
Por las veredas, pisando en una piedra y en otra, contra frío y lluvia, andábamos hacia el colegio. Los paraguas se los llevaba el viento. Los impermeables eran caros, los guantes no me gustaban y los zapatos se empapaban. Siempre recordaré los calcetines mojados junto al brasero y muchos zapatos echando vapor, como pequeñas locomotoras. Luego venían las inundaciones, que se llevaban las poblaciones donde vivía la gente más pobre, junto al río. También la tierra se sacudía, temblorosa. Otras veces, en la cordillera asomaba un penacho de luz terrible: el volcán LLaima despertaba".
INFANCIA Y POESÍA
Confieso que he vivido
Pablo Neruda
Por mucho que he caminado me parece que se ha perdido ese arte de llover que se ejercía como un poder terrible y sutil en mi Araucanía natal. Llovía meses enteros, años enteros. La lluvia caía en hilos como largas agujas de vidrio que se rompían en los techos, o llegaban en olas transparentes contra las ventanas, y cada casa era una nave que difícilmente llegaba a puerto en aquel océano de invierno.
Esta lluvia fría del sur de América no tiene las rachas impulsivas de la lluvia caliente que cae como un látigo y pasa dejando un cielo azul. Por el contrario, la lluvia austral tiene paciencia y continúa, sin término cayendo desde el cielo gris.
Frente a mi casa, la calle se convirtió en un inmenso mar de lodo. A través de la lluvia veo por la ventana que una carreta se ha empantanado en medio de la calle. Un campesino, con manta de castilla negra, hostiga a los bueyes que no pueden más entre la lluvia y el barro.
Por las veredas, pisando en una piedra y en otra, contra frío y lluvia, andábamos hacia el colegio. Los paraguas se los llevaba el viento. Los impermeables eran caros, los guantes no me gustaban y los zapatos se empapaban. Siempre recordaré los calcetines mojados junto al brasero y muchos zapatos echando vapor, como pequeñas locomotoras. Luego venían las inundaciones, que se llevaban las poblaciones donde vivía la gente más pobre, junto al río. También la tierra se sacudía, temblorosa. Otras veces, en la cordillera asomaba un penacho de luz terrible: el volcán LLaima despertaba".
INFANCIA Y POESÍA
Confieso que he vivido
Pablo Neruda
Fotografía: Cielo con arco iris en la América Austral
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