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viernes, 6 de septiembre de 2019

historia de la humanidad





Era el mejor de los tiempos y el peor; la edad de la sabiduría y la de la tontería; la época de la fe y la época de la incredulidad; la estación de la Luz y la de las Tinieblas ; era la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación: todo se nos ofrecía como nuestro y no teníamos  absolutamente nada; íbamos todos derechos al Cielo, todos nos precipitábamos en el infierno. En una palabra, a tal punto era una época parecida a la actual que algunas de sus autoridades más vocingleras insistían que, para bien o para mal, se la tratara en grado superlativo. 

Historia de dos ciudades. Charles Dickens


Imagen : Toma de la Bastilla, gravado de época

martes, 5 de enero de 2010

taller de juguetes



"Caleb y su hija se hallaban trabajando juntos en el taller, que hacía las veces de cuarto de estar, un lugar realmente sorprendente. Había casas, acabadas y aún por terminar, para muñecas de todas las clases sociales: casas de vecinos de los suburbios para muñecas de recursos modestos, cocinas y hogares de una sola habitación, para las que pertenecían a las clases menos favorecidas; magníficas mansiones en el centro de la ciudad para muñecas de alta posición. Algunas de ellas ya estaban amuebladas, según un presupuesto adaptado a las muñecas que disponían de ingresos limitados; otras podían decorarse por encargo con los muebles más caros, pues disponían de estanterías repletas de sillas y mesas, sofás, canapés y telas para tapizar. Los clientes de la alta y baja nobleza y el público en general para quienes se habían construido aquellas casas andaban desperdigados por todas partes en canastos, tumbados y mirando al techo, pero a la hora de precisar el rango social de cada una de aquellas muñecas y situarlas en el nivel que las correspondía (tarea penosa y difícil en la vida real, como sabemos por experiencia), los fabricantes de aquellas muñecas habían superado, y con creces la naturaleza, a menudo arisca y perversa, pues sin someterse a detalles tan arbitrarios como el raso, el algodón estampado y los andrajos, habían recreado por su cuenta sorprendentes rasgos personales que hacían imposible cualquier confusión. Así, como característica exclusiva, las extremidades de las muñecas más distinguidas eran de cera y perfectamente simétricas ; las de aquéllas que ocupaban el siguiente peldaño en la escala social eran de cuero, y las de extracción más baja de paño basto. En cuanto a los brazos y las piernas eran de cuerda sin más, como las mechas. De esta manera, cada muñeca quedaba situada en un ambiente determinado, sin posibilidad de pasar a otro."




Texto: "El grillo del hogar" (segundo canto). Charles Dickens




Fotografía: obra de Kiki Smith

martes, 29 de diciembre de 2009

el segundo de los tres espíritus


"De repente, sin que el fantasma le hubiese advertido de nada, se encontraron en un páramo desolado y desierto, donde aparecían diseminados enormes bloques de tosca piedra, como si de un cementerio de gigantes se tratase, donde corría el agua por todas partes, mirasen donde mirasen, o así lo hubiera hecho ,de no impedírselo el hielo que la tenía prisionera; aparte de una hierba basta y espesa, allí no crecía más que el musgo y la aulaga. Por la parte de poniente, el sol que declinaba había dejado una estela de vivo color rojo que brilló un instante por encima de tanta desolación, como una mirada hosca que, bajando y bajando cada vez más, acabó por perderse en las espesas tinieblas de la más oscura de las noches.

-¿qué es éste lugar? -preguntó Scrooge.

-El sitio donde viven los mineros que trabajan en las entrañas de la tierra -repuso el espíritu - ¡pero ya verás como me reconocen¡

Una luz brillaba en una de las ventanas de una choza y hacia allá se dirigieron con celeridad. Tras atravesar una pared de adobe y piedra, se encontraron con un animado grupo reunido en torno a un crepitante fuego: una pareja de ancianos, muy viejecitos, estaba acompañada por sus hijos y de los hijos de sus hijos y los de una generación más, todos alegres y ataviados con la ropa de los días de fiesta. El viejecito, con una voz que apenas se imponía al ulular del viento en aquel paraje yermo y baldío, cantaba una canción de Navidad- que ya era antigua, cuando la cantaba de niño- y, de vez en cuando se animaba y cantaba a voz en grito, del mismo modo que, cuando dejaban de hacerlo también él perdía brío.
No se detuvo el espíritu en aquel lugar, sino que, tras ordenar a Scrooger que se sujetase a sus vestiduras, echó a volar sobre el páramo, en dirección a... ¿Adónde? ¿no sería hacia el mar? Pues sí, al mar. Al mirar atrás, Scrooger contempló con horror el final de la tierra firme y, a sus espaldas, un imponente acantilado rocoso, con los oídos ensordecidos por el estruendo de las olas que, en su ir y venir, rugían y bramaban entre las espantosas cavernas que habían horadado, como si todo su empeño consistiese en socavar la tierra."




Texto: Canción de Navidad. Charles Dickens
Fotografía: Ilustración de John Leech