domingo, 11 de abril de 2010

3º Concurso pequeño formato. Relato nº9

MÁS DE DOS VIDAS

Cuando aún era una niña se enamoró o así lo creyó ella, de un muchacho que jugaba con un balón en la calle, desierta de tráfico, y que se veía claramente entre las celosías de su balcón del entresuelo donde vivía.

Por las noches, la pared de su habitación, casi lindaba con la de un cine recién inaugurado de espaldas a la suya, pared que servía de pantalla y que emitía voces y sonidos de la película que se estaba proyectando. Y soñaba con amores imposibles y trágicos a veces, y situaciones malvadas y perversas otras, pero siempre relacionadas con la identidad de la atracción.

Cuando fue una adolescente, un día, sentada en el comedor de una Fonda donde pasaba unos días de verano con su madre, encontró en la mesa de enfrente a ella, la mirada de unos ojos verdes-grises de un muchacho que formaba parte de un grupo excursionista. Cuando el grupo se fue unas horas antes, ella le dejó una nota en el alféizar de la ventana de su habitación, ardiente y anónima donde expresaba su fosforescente inclinación hacia el "amor".

Era evidente que su personalidad íntima y sexual se estaba desarrollando y vivía con el anhelo de lo que pensaba inasequible.

Junto a esto, estudiaba mucho y con gran atracción hacia el mundo de las artes, el mundo de la música en especial. El conjunto de estas premisas la hacían ser una joven hermosa, encantadora, dulce y soñadora.

Se enamoró varias veces, se decepcionó muchas más pero no se hundió.

Creció física y humanamente en valores muy positivos y el mal y los peligros que rondaban en su entorno, nunca le hicieron daño.

Pasaron los años, vivió una vida completa de amor y dolor, tuvo hijos, padeció privaciones, encaró la dureza de la vida siempre con suavidad pero con firmeza también y superó dificultades impensables: criatura aparentemente tan débil y delicada. Pero nadie se preguntó su secreto porque a nadie interesaba sus vida ni sus sentimientos. Simplemente estaba junto a, dispuesta a, a favor de, dedicada a, en función de.

Seguía pasando el tiempo y se quedó sola. El amor-amor de su vida murió, pero no murió el amor que desbordaba en la profundidad de su ser desde siempre. Los hijos se fueron de casa a caminar su propia vida, sin preguntar ni interesarse del porqué seguía latiendo su corazón. Y se acercó la vejez que no le afectó. Con ciertas limitaciones físicas, su espíritu soñaba con la eternidad de lo amado, en la resurrección de lo único posible de resucitar: el amor.

Se dedicó a tareas humanitarias cuando finalizó su trabajo laboral y pensó que su vida tenía ese sentido. Pero no fue así.

Empezó de nuevo a enamorarse de sueños ya imposibles como si su edad no tuviera nada que ver con su realidad. La cercaron, la atosigaron, la increparon, la instaron a vivir una hipotética vida de "son cuatro días", pero no sucumbió. Pero tampoco sabía qué estaba esperando nunca, nunca lo supo...

Vivió un sinfín de vidas imaginadas, se oyó decir que era cobarde, que sólo se quería a si misma, cuando su autoestima estaba por los suelos y su valentía ya había quedado patente en diversas circunstancias de su existencia. No se deprimió´, no...

Hoy que ya sé de ella tantas cosas, la he visto sentada en una butaca frente a la ventana de su habitación, abierta, con los visillos al aire y la mirada ausente hacia la lejanía, todo lo lejano que podía verse desde allí. Su mirada, a veces, seguía el vuelo de un pájaro y después volvía la vacío del espacio.

Pensé que aquel vacío no era tal, estaba llenándolo de belleza para poderse ir serena y tranquila hacia el Universo del que formaba parte.

Fotografía: Collage y acrílico sobre papel. El jardín azul. pfp

2 comentarios:

Pepe del Montgó dijo...

Relato con mucha sensibilidad ¿Por qué esos sentimientos siempre se aplican a las mujeres y no a los hombres? ¿Por qué un hombre tiene miedo a manifestarlos?

pilar dijo...

Pepe, bienvenido, te invito a intentarlo.

saludos afectuosos.