sábado, 13 de agosto de 2011

La viuda del Greco y VII

"Pintaban los dos más santos y más santos, más Vírgenes, más Vírgenes y Anunciaciones. El Greco se deshumanizaba, se espiritaba, como un asceta. Sus amigos espaciaron las visitas. De vez en cuando, como si una vena se rompiese en la carne de mi esposo, se echaba a gritar sin razón alguna, mostrándole a su hijo equivocaciones inexistentes, y yo me apresuraba a aplacarle, hasta que cedía su insano rencor. Y¡ que bien pintaba Jorge Manuel, que bien pintaba¡ Pintaba como un italiano, como Pellegrini de Bolonia. Donde su padre trazaba una línea insegura, donde exigía un azafrán demente afirmaba él la nítida precisión geométrica y estiraba el ocre severo, salvando la obra del naufragio.
Jorge Manuel casó con Alfonsa de Morales. Era bella. Trajo a la casa a su hermana Catalina, y yo calculé que con esas presencias jóvenes el decadente palacio de Villena se alegraría. Al principio, nuestra relación evolucionó sin tropiezos. Cosa extraña, congeniaron no solo con Dominico sino con Manusso, el viejo mendicante. Tañían laudes y cantaban. Los griegos hablaban de Candia, de Venecia, y un ficiticio esplendor tendía de tapices dorados las cámaras que ennegrecía la humedad. Presto noté  ¡ay¡ que Alfonsa se proponía distanciarlo a Jorge de mí. Estaban siempre juntos, cuchicheando y al entrar yo callaban y bajaban los rostros. Era lo que me faltaba; luego de Preboste y Tristán, eliminados felizmente, esta enemiga tonta. Tuvieron un niño, Gabriel, pero en mi corazón no había lugar para amores nuevos. Jorge Manuel lo colmaba, como un cáliz pronto a desbordar. El Greco en cambio, se entretenía jugando con el pequeño, mientras Jorge completaba las telas.
Dominico envejeció terriblemente. Las piernas se le anquilosaron y debió caminar apoyado en una muleta. Le bailoteaban los ojos. Pintó, en ese periodo final varios óleos, como uno de tema pagano, sugerido por el mito del Laocoonte, y otro que sucedido a las lecturas del "Apocalipsis", delante de los cuales yo torcía la cara porque me infundían un pánico oscuro. Dijo que ambos se relacionaban, misteriosamente con el Laberinto de Candia, con su mundo de mágicas torturas, como si retornara al dibujarlos a su niñez, o antes todavía a la era de sus antepasados secretos. Jamás vi nada peor esbozado, nada más tétrico y torpe. El anciano se percató de mi repugnancia y, como siempre, sonrió y meneó la cabeza calva.  Una tarde empero se me aproximó y me tomó de la mano. Daba pena mirarle, tembloroso, balbuceante; daba pena si uno recordaba al caballero que me había ofrecido el agua santa, en la Capilla del Obispo de Madrid, al caballero de la mano en el pecho.No me enteré de lo que quiso decirme, si algo quiso. Pasaba Jorge Manuel, con Alfonsa, por el fondo de la sala y tras ellos me fui.
Ahora hace tres años que ha muerto Dominico Theotocópuli. Le enterramos, con el boato del cual fuimos capaces, en Santo Domingo el Antiguo, donde se hallan las primeras pinturas que realizó en Toledo. Ha muerto Manusso, su hermano mayor, y Alfonsa de Morales ha caído muy enferma. Hoy anduvo por aquí la clerecía con el Viático. El Greco nos sumió en la pobreza, al irse. Ni me nombró en su testamento ridículo. Estaba endeudado por el arrendamiento, con el Marqués; lo estaba con el doctor Angulo y hasta con María la criada. Daba lástima su ajuar, cuando Jorge enumeró el magro inventario: un pabellón de damasco carmesí...media cama de nogal... los colchones...los dos cobertores... los bufetes de pino... una ropilla de sarga de seda... unas calzas... dos sartenes... ¡Que miseria¡ ¡Y los cuadros incontables, que serán invendibles, entre los cuales desfiló el séquito a hombros de las cofradías y que crepitaban, despidiéndose, como hogueras verdes, amarillas, violáceas, azules, los cuadros que me asustaban más que las leyendas del caserón¡
no sé si le quise. Me niego a pensarlo. No lo sé. Era imposible, imposible superarle, porque con toda su fama, su piedad y la jovialidad de la que según sus amigos era dueño, a mí me parecía tallado en un hielo negrísimo. Quizás, si hubiese querido a su pintura, le hubiese querido mejor. No me atañe, por lo demás, concederle mis cavilaciones de ahora . Eso quedará tal vez para más tarde. Ahora debo consagrarme a mi hijo Jorge Manuel, que solloza junto al lecho de Alfonsa de Morales. Nos aferraremos a la casa, solos. Yo ya no viviré mucho, pero guerrearé para sobrevivir. Jorge Manuel me necesita. ¿Cuándo no me necesitó? Debo convencerle de que es un pintor, un gran pintor, un pintor muy superior al Greco, pues desde que murió su padre a penas toca un pincel y su actividad se reduce a proyectar arquitecturas y a disputar con abadesas y funcionarios. En eso, en la pasión pleiteadora, se asemeja a su padre, que litigó como un escribano hasta liberar a la pintura del pago de derecho de alcabalas. Cierto es que nadie ha asomado por aquí, inexplicablemente, a encargarle un retrato. Pero ya acudirán. Puede que venga Lope el que antes no vino. Ruego al Cielo que acudan que le rodeen y halaguen como halagaban al Greco, porque de lo contrario tendré que convenir en que mi vida entera, de mujer de mi casa, de madre solicita, ha sido una equivocación. Aunque no, no me he equivocado, no se equivocó Gerónima de las Cuevas, aquella a quien la historia mencionará como la madre de Jorge Manuel Theotocópuli, el máximo pintor de Toledo. Si, lo oportuna será descolgar los óleos de Dominico y hacer sitio para los que pintará Jorge Manuel."


Texto: La viuda del Greco. Obra de Manuel Mujica Láinez, 1966

Fotografía: El caballero de la mano en el pecho, (fragmento) obra del Greco.

3 comentarios:

GLÒRIA dijo...

Y ya termina la hermosa serie que, una vez, te agradezco.
Realmente, la voz de Mujica Lainez es la de una mujer. Una mujer valiente y culta que, como Yocasta, parece beber los vientos sólo por el chico. Freud tardaría en nacer.
Un petó, Pilar!

pilar dijo...

quien pudiera charlar con Gerónima¡¡¡, gran incógnita la vida personal de Dominico

gracias a tí Gloria por atenderme

petós

Josefina dijo...

Terrible pero hermoso final de la historia de una mujer: Gerónima.
Pasión por el hijo, tal vez la figura que el esposo no pudo o no supo ser, abierta a la esperanza, después de haberlo perdido casi todo.

Gracias, Pilar. !!Otra, otra!!