
"Este jardín era una maravilla y estaba dispuesto a la manera de los jardines reales.
Se extendía a lo largo de un estadio, en un lugar elevado, y tenía 150 pasos de anchura. Parecía una gran llanura. Allí había todo tipo de árboles: manzanos, mirtos, perales, granados, higueras, olivos. A un lado crecía una parra sobre los manzanos y los perales, como si quisiera que sus racimos rivalizaran con las manzanas y las peras. Eran estos árboles cultivados; pero también había cipreses, laureles, plátanos, y pinos y sobre ellos, no una viña sino una hiedra de bayas grandes y negruzcas que parecían uvas.
Los frutales estaban en el centro del jardín, como si buscasen protección; y los otros , estériles, en todo el entorno, como una cerca hecha por la mano del hombre, además una pequeña pared de piedra seca rodeaba y cerraba el jardín. Cada cosa estaba separada y en su sitio; las raíces de los árboles distaban unas de otras, pero en lo alto, las ramas se cruzaban y unían sus follajes, y aquello que era naturaleza parecía artificio.
Había también bancales de flores, unas producto de la naturaleza, otras del arte: las rosas, los claveles, los lirios eran obra de la mano del hombre; las violetas, los narcisos, las margaritas eran simples productos de la tierra. Había sombra en el verano, flores en la primavera, frutos en el otoño y en cualquier época era una delicia.
Desde allí se oteaba la llanura y se podía ver a los pastores guardando los rebaños; también se veía el mar y las barcas yendo y viniendo a lo largo de la costa: este era uno de los atractivos de aquel jardín de las delicias."
Longus, Dafne y Cloe, IV, 2-3
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Fotografía: El jardín del Edén. Miniatura de las Siete Edades del Mundo. Biblioteca Real Alberto I, Bruselas