Cielo azul despejado en algunas zonas, salpicado de nubes de tipo cúmulo y estratocúmulo con tonalidades grises y blancas, iluminadas por la luz dorada del sol en los bordes.
Ezcaray, La Rioja, agosto 2026
Fotografía: pfp
Ezcaray, La Rioja, agosto 2026
Fotografía: pfp
Gloria Fuertes
Imagen: Marc Chagall, Le Baie des Anges, 1962
Llevo seis semanas mirando el mar.
Leo, escribo algo,
—paz, silencio—.
Mi habitación sobre el mar
parece un barco
Voy sin nadie.
Navego a la nada.
Imagen: detalle de las cerámicas del muro este, de la ermita de la Virgen de Allende en Ezcaray, La Rioja.
Fotografía: pfp
Separación de moral y política:
En El Príncipe, publicado en 1532, Maquiavelo argumentaba que el éxito y la supervivencia del Estado (el fin) justifican la utilización de medidas (los medios) que, en la moral privada, podrían considerarse inmorales o reprobables.
El gobernante pragmático:
Para Maquiavelo, el príncipe, (el gobernante) debe ser capaz de utilizar la astucia, el engaño e incluso la fuerza si es necesario para mantener el orden, evitar el caos y proteger a la nación.
La frase "el fin justifica los medios" no pertenece a Nicolás Maquiavelo. Aunque esta máxima resume el pensamiento de su famosa obra El Príncipe, la cita exacta jamás fue escrita por él, sino que se ha popularizado para sintetizar su filosofía sobre el poder y la política pragmática.
Fotografía: de Javier Duque. Estatua de Nicolás Maquiavelo en la plaza de la Galeria de los Ufizzi. Florencia, Italia.
Nunca hubiera dicho que su visita a unos Grandes Almacenes una mañana a la llegada de la primavera, cambiaría su vida.
La noche anterior había estado en casa de su hija, celebraba su cumpleaños, y se presentó a cenar con un tímido tiesto con flores de temporada envuelto en una bolsa de plástico por el chino de la esquina. La mirada de su hija fue esclarecedora, de decepción, no solo por las flores sino también su aspecto. Vestía una camisa muy sobada y unos pantalones viejos y abrillantados por la plancha, ajustados de mala manera por un cinturón desgastado y marcado por el uso y el paso del tiempo. La cena transcurrió sin ninguna alegría, un puro trámite, como cualquier reunión familiar que se celebraba tras la muerte de su mujer hacía ya tres años. De su hija recibió los mismos reproches matizados de consejos domésticos, que a él, atrincherado en su caparazón, le entraban por un oido y le salían por el otro, pero aquella noche, de vuelta a casa, tras dejar la ropa sobre la silla que utilizaba como perchero y ponerse el pijama, se observó en el espejo del cuarto de baño. El pijama estaba descosido por las costuras, el cuello había perdido el color, el elástico de la cintura ya no le servía para nada. Buscó entre los cajones de la cómoda y encontró un batiburrillo de calcetines desparejados, calzoncillos y camisetas en desorden y otro pijama en peores condiciones todavía del que llevaba puesto... quizá era hora de hacer caso a su hija, pensó.
La mañana siguiente entró a unos Grandes Almacenes -sección caballero- y de pronto la cabeza se le fue levemente mientras buscaba la talla de un pantalón, una de las dependientas se percató y le invitó a sentarse en un probador hasta que él fue capaz de pedirle un pantalón azul de la talla 48. Después de probárselo se animó con un cinturón color camel que la dependienta le acercó al probador, más un par de camisas que ella misma le eligió, encantada con el candor de su cliente, después le acompañó a la sección ropa interior, donde le ayudó a completar el ajuar.
Al día siguiente, vestido como un pincel, volvió a los Almacenes y buscó a la dependienta para que le ayudara a elegir unas toallas y unas sábanas. A los dos días volvió a buscarla para que le asesorara sobre ollas y sartenes, a la semana siguiente le pidió ayuda para reemplazar la butaca del salón. Al cabo de un mes de idas y venidas de su casa a los Almacenes y de los Almacenes a su casa, ya no sabía qué más comprar para pasar un rato con la dependienta, entonces, se le ocurrió invitarla a comer cuando acabara el turno. El resto es historia. La dependienta y el cliente comieron juntos muchas perdices, incluso acudieron puntualmente durante muchos años al cumpleaños de la hija del cliente con un precioso ramo de flores y una bandeja de profiteroles que la dependienta con mucho arte culilnario cubría con chocolate caliente.
Texto: Pilar Fdez.-Pinedo
Fotografía pixelada de las Galeries Lafayette de París.