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domingo, 11 de abril de 2010
3º Concurso pequeño formato. Relato nº9
jueves, 8 de abril de 2010
3º Concurso pequeño formato. Relato nº8
El astro la encandiló tanto, que ya no pudo distinguir
verdad de mentira, realidad de ficción.
junto a las pastillas y el alcohol, el mouse
domingo, 4 de abril de 2010
3º Concurso pequeño formato. Relato nº7
Nuestra relación, comenzó hace un par de años, o menos, o quizás más, es igual, no es importante el tiempo transcurrido si no la intensidad de la vivencia.
Como decía, todo comenzó un día con la recepción de un paquete, que me fue enviado desde la sede central de mi empresa.
El paquete, contenía un maletín con un PC portátil en su interior. Complementaba el envío un cargador, un ratón de larga cola (cibernético, se entiende), una unidad de memoria externa y algún cable de conexión telefónica.
En el momento de las presentaciones le noté frío, se identificó como el Sr. Hp, sin nombre, sin modelo, sin número de serie, en definitiva sin ningún detalle que identificase su alcurnia, solo un apellido y bastante común.
Su tez, gris oscura y con varias cicatrices, me indicaban su madurez. Contaría con un portátil experimentado y que seguramente había batallado en muchos despachos médicos, la experiencia siempre es un grado pensé, pero su aspecto cansado me preocupó.
Tengo que confesar que desde el primer momento, mi impresión no fue buena, quizás esta intuición restó confianza a nuestra relación, pero no me equivoqué.
Todo lo que le pedía lo realizaba con gran lentitud, le costaba una eternidad conectarse con su ordenador jefe, todos los datos que le dictaba los transcribía a regañadientes, escribiendo hora sí hora no, ahora deprisa, ahora me paro, en fin, pensaba que se cachondeaba de mí, pero como tengo una paciencia como la del señor Job, (que yo creo que no está santificado) y no contaba con otros recursos, tuve que continuar nuestra relación, intentando hablarle con dulzura y explicarle que teníamos que hacer un tandem para la buena marcha de la empresa y de nuestra salud.
Pero no mejoró, incluso diría que su actitud fue empeorando, desconectándose sin previo aviso, con la consabida perdida de datos y la necesaria repetición del trabajo ya efectuado. Nuestra relación empeoraba día a día y empezó a convertirse en un tormento.
Un día, mirándole cara a cara, después de una de sus desconexiones a la brava, me pareció que mi compañero estaba enfermo. Mala cara, tenía desde el primer día, esa tez gris, esas cicatrices, ese aspecto de batallas perdidas, ese polvillo entre sus teclas, en fin, me afloró mi lado médico y le hice una anamnesis completa, el diagnóstico ¡claro!, sin pruebas complementarias pero ¡claro y evidente! ¿cómo no me di cuenta desde un principio? su clínica era de libro, mi querido Hp padecía un SÍNDROME DE FATIGA CRÓNICA.
Mis sentimientos cambiaron.
Sin tiempo que perder, pedí que fuese remitido al mejor especialista en la materia, en cambio, en mi empresa, pensaron que era suficiente con el del “Seguro”.
El del “Seguro”, acudió a mi consulta para reconocer a Hp. En esos momentos unos oscuros nubarrones nublaron mi mente, el del “Seguro” en cuestión (estoy convencido que no tenía especialización y que cubría la baja del titular o como mucho cubría el puesto de forma interina), no me transmitió ni la más mínima confianza, fue anodino, intrascendente, dudaba de mi diagnóstico, ¡¡¡ UN INCOMPETENTE!!!
La cuestión terminó con el traslado e ingreso de mi compañero Hp.
Mis sospechas se transformaron en realidad, a los pocos días, me devolvieron al pobre Hp con el mismo aspecto cansado, con esa tez gris oscura, con las mismas cicatrices y ni aún el polvo de sus teclas había desaparecido. El informe del técnico del “Seguro” vaga, sin contenido, insulsa, en definitiva no le habían hecho nada, según decía, su funcionamiento era correcto, -que sabrá de funcionamiento ese chapucero pensé, le tendrían que quitar el titulo- no le habían practicado ni una Resonancia ni un TAC, ni un análisis de circuitos, ni una mísera radiografía.
Ni que decir tiene, que nuestra asociación empeoró día a día, mi querido Hp, si, querido, porque al final de los débiles y de los enfermos nos acabamos encariñando, su pobre situación nos afecta y nos conmueve, les comprendemos, todos somos humanos… bueno Hp no, pero casi, sus reacciones, eran tan similares a las del resto de la gente…
Como decía, mi querido Hp no lograba mantenerme una conexión más de 30 minutos seguidos en el mejor de los casos, era incapaz de transcribir todo lo que le dictaba, y cada vez memorizaba peor todas mis instrucciones, él lo sabía, se daba cuenta de su enfermedad, se daba cuenta de su bajo rendimiento, de su torpeza, de su inutilidad, sabía que tras nuestras sesiones de trabajo de los miércoles, tenía que acudir a finalizarlas en mi PC de sobremesa, y creo que no lo soportaba.
¡Y ocurrió!
Ayer fue nuestra última sesión, cuando lo recuerdo manan las lágrimas de mis ojos, la escena fue no ya Dantesca, más aún, Bushescoaznariana.
Su incapacidad para ayudar en mi trabajo le estaba provocando una Depresión Mayor Muy Grave, se sentía inútil, vacío, incapaz de realizar y mantener una simple conexión con su colega de central, cansado y dolorido, cada vez que acariciaba sus teclas emitía un leve susurro de dolor ¡Se derrumbó!, después de varios y costosos intentos logró conectarse con nuestra central, pero estaba extenuado, veía su incompetencia y como cualquier ser humano se sentía frustrado, hundido en un agujero negro cibernético, incapaz de mantener la conexión por encima de unos segundos. Nuestros pacientes contribuían con sus comentarios a empeorar la situación, qué, no quiere trabajar ¿eh?, ¿se le ha caído la línea?, ¿está hoy perezoso?, ¡esto es el progreso¡… y frasecitas que tuvimos que aguantar estoicamente con una sonrisa en nuestros labios.
Quizás, lo que acabó por desmoronarle, fue que delante de nuestros pacientes tuviese que apartarlo y hacer uso de una hoja de papel y de un bolígrafo que dormía encima de la mesa. No lo debí hacer nunca.
Su reacción fue drástica, inmediata, fulminante, en el momento en que nos quedamos solos me hizo levantar, se agarró a mis manos con una fuerza que jamás me había mostrado y obligándome a alzar mis brazos se encaramó por encima de mi cabeza solo sujeto por los dedos índices y pulgares de mis manos ¡si!, con la intención de lanzarse al vacío, con la intención de desconectar sus circuitos para siempre, con la intención de terminar con la agonía de tantos años, o quizás no fueron tantos pero la relatividad del tiempo es evidente.
Mi reacción fue inmediata, por mi cabeza pasaron en una décima de segundo todas las imágenes de mi vid... no, lo que vi fue que mi compañero Hp luchaba por su liberación definitiva, pero luchaba desde el extremo de mis manos, claramente era un suicidio y yo le entendía, pero ¿lo entendería el resto del mundo?, ¿me harían cómplice de su muerte?, ¿me cobrarían su reparación?, ¿me harían comprar uno nuevo?.
La cordura entró en mi cerebro despejando los oscuros nubarrones que instaló en mí aquel nefasto individuo del “Seguro” y se hizo la luz, a tiempo de impedir que mi querido Hp volase por los aires en busca de su libertad.
El resto de la jornada discurrió por los mismos derroteros, con la minusvalía de Hp y la persistencia de comentarios soeces por parte de nuestros interlocutores.
Cuando quedamos a solas y con prácticamente todo el trabajo por hacer, la secuencia se repitió, en un momento de descuido volvió a subirse sobre mis manos arrancando al ratón (bionico) de su cordón umbilical, me imploró que le ayudase, que le subiese por encima de mi cabeza y le impulsase con todas mis fuerzas en un vuelo que nos liberaría a ambos y accedí.
Ya estaba iniciando el vuelo hacia las baldosas de gres de nuestro despacho de alquiler, cuando, la razón me iluminó de nuevo y evitó que mis dedos soltaran a mi inseparable compañero cuando este descendía, como un rayo de luz, a la altura de mis caderas.
Casi me destrozo la rodilla, todavía me duele, pero mi agilidad y coordinación lograron detener el golpe mortal con el que mi amigo Hp pretendía poner fin a una entrañable relación.
Mis posteriores pasos fueron rápidos y precisos, mirándole a los ojos fijamente me despedí y le prometí…. ya no recuerdo qué, lo apague a la brava sin seguir el protocolo indicado y en estos momentos me encuentro embalándolo de nuevo para que a través de la valija de mi empresa sea enviado a… no se a quien pero enviarlo donde quizás puedan ayudarle a comenzar una nueva vida lejos de la amenaza mis man...
jueves, 1 de abril de 2010
Llanto de las virtudes y coplas a la muerte de Don Guido
Al fin, una pulmonía Murió don Guido, un señor Dicen que tuvo un serrallo Cuando mermó su riqueza, Y asentóla Gran pagano, Buen don Guido, ya eres ido ¿Tu amor a los alamares Buen don Guido y equipaje, ¡Oh las enjutas mejillas,
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Fotografía: picaporte, Briones, Rioja. pfp
lunes, 29 de marzo de 2010
3º Concurso pequeño formato. Relato nº6
El cuerpo de Ernesto, se desliza hacia un lateral de su cama y apoyando los pies en el tibio parquet, se incorpora lentamente.
El mapa de su madrugada esta dibujado en su subconsciente, otras veces, demasiadas.
Y en todas ellas pasea su ausencia a través de galerías en penumbra que cubre en un recorrido firme y familiar.
Como en un “vía crucis” dormita cada estación con un ritual entre saludo y reconocimiento, su primera conversación le detiene ante un espantapájaros, vestido con su ropa de ayer. Lo intuye en la oscuridad de la habitación, erguido le delata su presencia y disfruta de ella, acaricia su hombro policromado, con matices entre caoba y nogal, con reflejos de luminarias que se cuelan desde el exterior, erecto, capaz, suficiente, ordenado, arriba esto y debajo lo otro...
El extraño maniquí portaobjetos, al que siempre le ha faltado el sombrero de paja, le saluda ausente, descabezado, parco en palabras y gestos, lo suyo no es la interlocución. Solamente una vez, en un alarde de locuacidad le confesó que su fuerte era aguantar la noche, cargado de uniformes, Ernesto no sólo le entendió, sino que además le alabó lo discreto y sacrificado de su útil destino.
El galán estaba por bautizar, en el onírico mundo de la inexistencia de Ernesto, no hacía falta, sólo despierto, su sexto sentido era suficiente para identificar, señalar y detenerse en cada una de los misterios de aquel rosario en blanco y negro.
Suena el despertador, son las siete y como cada mañana, Ernesto desliza su cuerpo hacia el lateral de la cama y apoyando los pies en el tibio parquet se incorpora lentamente y una vez más, inexplicablemente tropieza con el “galán de noche” que dejó al acostarse en el otro extremo de la habitación.
Fotografía: En el espejo de tus palabras. Composición. pfp
viernes, 26 de marzo de 2010
3º Concurso pequeño formato. Relato nº5
Simonne, despachaba documentos que le llegaban con la firma impresa, doblaba, encartaba y enviaba con la misma falta de entusiasmo con la que más tarde en casa, mimetizaba su actividad doméstica, esperaba un milagro que se demoraba, su vida transcurría monótona y repetitiva, nada especial sucedía a su alrededor y era incapaz de provocar el más mínimo suceso que desestabilizase su indiscutible comodidad.
En un Meridiano diferente, Jean Paul, hacía balance vital, pero el resultado no le gustaba, su particular cuenta de explotación daba perdidas una vez más, de vuelta a casa intentaba recordar sus actividad laboral del día, un traje torpemente vendido, dos camisas de color inadecuado, una corbata pasada de moda, él nunca quiso vender ropa en un gran almacén, ni siquiera quiso vender nada, sobrevivía acomodado y punto.
Alguna mariposa aleteó en algún oasis perdido en las direcciones rectas que equidistaba a ambos y que casualmente eran los mismos kilómetros que ellos estaban separados entre si, el "Efecto" tuvo su efecto, cerrando la magia en ese virtual y ventoso triángulo equilátero que se formó con vértices en tres lugares diferentes del mundo.
Fue en la ducha, donde Simonne paró el tiempo, se detuvo ante un Stop con espuma de gel vistiendo su desnudo cuerpo, vibraron las paredes chapadas con baldosas de arcilla blanca y levitó su alma por encima del nivel de la cenefa de corazones verdes y amarillos, en ese punto, vislumbró un presente que golpeó su alma dormida y supo que hacer en ese momento.
Antes de llegar a casa, donde sólo le esperaba el silencio y su conciencia, después de haber intentado en vano colocarle un traje a cuadros a un cliente obeso, Jean Paul tomaba unas pintas de Guinness en el Pub Gourmet del centro comercial, con su memoria perdida se vio niño, un niño que quería ser muchas cosas de mayor y que nunca había acabado siendo, extendió sus manos y alcanzó el otro lado de su Áurea, comprendió que había bebido y también que estaba sacrificando su mañana.
Simonne, acabó tomando un avión y se fue lejos, decidió que para comenzar lo mejor era algún pueblo perdido, tan anodino como ella, tan necesitado de vida como ella, tan abierto a dar bienvenidas, como ella, en el que buscar una ocupación tribal, no supusiera ningún compromiso intelectual y así las cosas encontró acomodo de camarera en esa Posada Rural a las afueras de aquel pueblecito.
El tren que conducía a Jean Paul a ninguna parte, (al menos prevista) salió temprano en la mañana, atrás dejo su cinta de medir camales y cinturas, su tiza de marcar largos de pantalón o entradas de culera, fuese donde fuese no las necesitaría, es más, para esta nueva etapa prescindió de maletas y rearmó su vieja mochila de piel cuarteada, el Súper Tren devoraba paisajes, lagos, llanuras, los pueblos quedaban desenfocados al paso de aquella máquina de la que si no bajaba pronto daría la vuelta al mundo y lo devolvería al punto de partida, tenía que reaccionar y elegir un destino, por que no, la siguiente parada?
Simonne comenzaba a sonreír, yendo de aquí para allá, viendo caras nuevas, con un patrón agradable con quien a la noche podía conversar, contarle de su tierra, tan querida, tan añorada.
A los pocos días empezó a cruzarse con una sombra, una cara nueva, como ella, el empleado también recién llegado de aspecto distante y taciturno, pero de porte agradable y maduro.
Supo por su patrón que el recién llegado se llamaba Jean Paul, era el maletero a horas completas.
Se espiaban, se escondían, se ignoraban, hasta que el tiempo y las ganas hicieron evidente su recíproca atención, la vida se les llenó de colores y de franquezas mutuas, y decidieron darse la oportunidad de hacerse felices de una vez para siempre.
Esto lo sé, porque me lo contó el Patrón, no se mucho más de aquellas dos vidas, porque mi estancia en aquella posada alejada y encantadora, llegó a su fin junto con mis días de descanso.