Nunca hubiera dicho que su visita a unos Grandes Almacenes una mañana a la llegada de la primavera, cambiaría su vida.
La noche anterior había estado en casa de su hija, celebraba su cumpleaños, y se presentó a cenar con un tímido tiesto con flores de temporada envuelto en una bolsa de plástico por el chino de la esquina. La mirada de su hija fue esclarecedora, de decepción, no solo por las flores sino también su aspecto. Vestía una camisa muy sobada y unos pantalones viejos y abrillantados por la plancha, ajustados de mala manera por un cinturón desgastado y marcado por el uso y el paso del tiempo. La cena transcurrió sin ninguna alegría, un puro trámite, como cualquier reunión familiar que se celebraba tras la muerte de su mujer hacía ya tres años. De su hija recibió los mismos reproches matizados de consejos domésticos, que a él, atrincherado en su caparazón, le entraban por un oido y le salían por el otro, pero aquella noche, de vuelta a casa, tras dejar la ropa sobre la silla que utilizaba como perchero y ponerse el pijama, se observó en el espejo del cuarto de baño. El pijama estaba descosido por las costuras, el cuello había perdido el color, el elástico de la cintura ya no le servía para nada. Buscó entre los cajones de la cómoda y encontró un batiburrillo de calcetines desparejados, calzoncillos y camisetas en desorden y otro pijama en peores condiciones todavía del que llevaba puesto... quizá era hora de hacer caso a su hija, pensó.
La mañana siguiente entró a unos Grandes Almacenes -sección caballero- y de pronto la cabeza se le fue levemente mientras buscaba la talla de un pantalón, una de las dependientas se percató y le invitó a sentarse en un probador hasta que él fue capaz de pedirle un pantalón azul de la talla 48. Después de probárselo se animó con un cinturón color camel que la dependienta le acercó al probador, más un par de camisas que ella misma le eligió, encantada con el candor de su cliente, después le acompañó a la sección ropa interior, donde le ayudó a completar el ajuar.
Al día siguiente, vestido como un pincel, volvió a los Almacenes y buscó a la dependienta para que le ayudara a elegir unas toallas y unas sábanas. A los dos días volvió a buscarla para que le asesorara sobre ollas y sartenes, a la semana siguiente le pidió ayuda para reemplazar la butaca del salón. Al cabo de un mes de idas y venidas de su casa a los Almacenes y de los Almacenes a su casa, ya no sabía qué más comprar para pasar un rato con la dependienta, entonces, se le ocurrió invitarla a comer cuando acabara el turno. El resto es historia. La dependienta y el cliente comieron juntos muchas perdices, incluso acudieron puntualmente durante muchos años al cumpleaños de la hija del cliente con un precioso ramo de flores y una bandeja de profiteroles que la dependienta con mucho arte culilnario cubría con chocolate caliente.
Texto: Pilar Fdez.-Pinedo
Fotografía pixelada de las Galeries Lafayette de París.
6 comentarios:
Me parece un maravilloso " pequeño relato", del que imaginas más, de lo que la escritora apura en pocas líneas.
Hay ligues, o intentos de ligue, que pueden salir caros, pero ya lo dijo aquel roi: Paris vaut bien une messe. Divertido relato.
de eso se trata, anónimo, de imaginar una felicidad sencilla, regada de chocolate caliente!
una inversión de alto riesgo, un amour fou
Un final demasiado dulce para un relato tan hermosamente humano.
Barbazul, ya sabes, el dulce a veces empalaga, pero dejemos que por una vez haya un final feliz.
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